El rock'n'roll


 El rock and roll nació a principios de los años cincuenta en los Estados Unidos. El hombre que dio con la palabra justa para definir los nuevos ritmos que por entonces empezaban a hacer furor entre los jóvenes fue un discjokey de Cleveland llamado Alan Freed, a quien un amigo, dueño de una tienda de discos, le había comentado el interés con que los jóvenes blancos compraban canciones del más puro rhythm and blues negro. Era una noticia curiosa, porque hasta ese momento las diferencias raciales delimitaban los distintos tipos de música e incluso existían diferentes listas de éxitos para cada comunidad y estilo.


 Mientras los jóvenes blancos bailaban al son de las románticas composiciones de clásicos como Berlin o Gershwin, o de las suaves melodías de crooners como Frank Sinatra, Vic Damone o Perry Como, los chicos negros de su generación, "bastante más pecaminosos", hacían mucho más ejercicio con cantantes como Louis Jordan, Fats Domino, Joe Turner o John Lee Hocker, englobados todos en lo que despectivamente se llamaba race music o también rhythm and blues: bases rítmicas fuertes, descarada incitación al baile y letras directas en las que no se andaba con tapujos a la hora de tratar la cuestión del sexo. Fueron precisamente dos de las palabras que más empleaban en su jerga estos músicos, rock y roll, las que Fred utilizó para bautizare este nuevo estilo de música.

 

 El avispado locutor empezó a pinchar en su programa de radio alguno de los mejores race records, con tanto éxito que muy pronto la emisora le concedió un nuevo espacio, dedicado exclusivamente a los nuevos ritmos, y que Fred llamó Rock and Roll Party. Pero ni aun así detuvo la oleada. La gente quería más, y a ser posible más cerca, por lo que Fred traspasó las cuatro paredes de la emisora local y organizó en marzo de 1953, en el Cleveland Arena, un tumultuoso recital con algunos de los músicos más radiados en su programa. Lo llamó el Moondog Ball, y contó con la asistencia de más de treinta mil muchachos blancos que sobrepasaron el aforo y obligaron a suspender la fiesta. Pero esto no desanimó a Fred, ni tampoco las críticas furiosas que su iniciativa provocó entre la gente de orden de la ciudad. Dejó pasar unos meses, preparó otro con más detalle y cuidado, y luego convertido ya en personaje famoso, se trasladó a Nueva York con un suculento contrato para seguir explicando en el centro de la cultura de masas mundial la buena nueva.

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