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Albert Einstein (ensayo de Isaac Asimov
publicado en Momentos estelares de la Ciencia, Salvat Editores S.A.). Las imágenes
se han obtenido de diversas páginas web.
El 29 de marzo de 1919 tuvo lugar
un eclipse de sol que estaba llamado a ser uno de los más importantes de la
historia de la humanidad. Los astrónomos de la Real Sociedad de Astronomía
de Londres habían aguardado ansiosamente durante años a que llegara ese
eclipse que les iba a permitir comprobar una nueva teoría física,
revolucionaria, propuesta cuatro años antes por un científico alemán llamado
Albert Einstein
.

El día del eclipse había un grupo
de astrónomos en el norte de Brasil y otro en una isla frente a las costas
de África Occidental. Cámaras de gran precisión se hallaban listas para
entrar en acción y, en el momento del eclipse, tomar fotografías; pero no
del propio sol eclipsado, sino de las estrellas que súbitamente aparecerían
en el cielo oscurecido alrededor del sol.

Einstein había dicho que la
posición aparente de esas estrellas daría la sensación de haber cambiado,
que la masa del sol doblaría los rayos de luz estelar al pasar a su lado.
Aquello sonaba a imposible, porque la luz, que era algo inmaterial, ¿cómo
iba a verse afectada por la masa del sol?. Si Einstein tenía razón,
habría que retocar la imagen del universo que el gran Isaac Newton
había construido más de doscientos años antes.

Por fin llegó el eclipse. Se
hicieron las fotografías, se revelaron y se midieron con sumo cuidado las
distancias entre las imágenes de las estrellas y el sol y entre una estrella
y otra. Finalmente, se compararon estas mediciones con otras hechas sobre un
mapa estelar de la misma región, sólo que tomado de noche y sin el sol en
las cercanías.
No había duda. Los astrónomos
anunciaron los resultados: la atracción del sol doblaba los rayos luminosos
y los apartaba de la trayectoria rectilínea. Einstein tenía razón.
Una de las predicciones de su teoría estaba verificada.
Albert Einstein nació en
Alemania, el 14 de marzo de 1879. De niño tuvo problemas para aprender a
hablar, y sus padres llegaron a pensar que padecía retraso mental. En la
escuela secundaria no fue un estudiante brillante y se aburría con los
monótonos métodos de enseñanza que se utilizaban en aquel tiempo en
Alemania; así que no consiguió terminar sus estudios. En 1894 fracasó el
negocio de su padre y la familia marchó a Milán. El joven Einstein,
quien ya mostraba afición por la ciencia, partió para Zurich para
matricularse en su famosa escuela técnica, donde se puso de manifiesto su
insólita aptitud para las matemáticas y la física.
Cuando Einstein se licenció
en 1900 no consiguió un puesto docente en ninguna universidad, pero tuvo la
suerte de encontrar un empleo administrativo en la oficina de patentes de
Berna: no era lo que él quería, pero al menos tendría tiempo para estudiar y
pensar.
Y había mucho sobre lo que pensar:
la vieja estructura de la física, construida a lo largo de siglos, estaba
siendo reestudiada a la luz de los nuevos conocimientos.
Los físicos pensaban, por ejemplo,
que la luz se propagaba por el espacio vacío. Como la luz consistía en
ondas, tenía que existir algo en el espacio que sirviera de soporte a esas
ondulaciones. Los físicos llegaron a la
conclusión de que el espacio
estaba lleno de algo llamado «éter» y de que era la vibración de éste lo que
formaba las ondas luminosas.
Se pensaba también que el
movimiento verdadero de la tierra podía medirse tomando como punto de
referencia el éter: bastaría comparar la velocidad de la luz en la dirección
del movimiento de la tierra con su velocidad en la dirección perpendicular
(igual que se puede saber a qué velocidad baja un río si se mide la
velocidad a la que podemos remar a favor de la corriente y la comparamos con
la velocidad a la que podemos remar perpendicularmente a la corriente,
cuando no hay ayuda del agua).

Este experimento lo realizaron con
cuidado exquisito Albert A. Michelson
y E. W. Morley
, dos
científicos norteamericanos, en 1887. Y vieron con asombro que no podían
detectar diferencia alguna en la velocidad de la luz. ¿Habría algún error?
El descubrimiento y estudio de la
radiactividad por Antoine H. Becquerel
y los esposos Curie,
Pierre y Marie
ocasionaron otra
explosión. Elementos como el uranio, el torio y el radio emitían cantidades
ingentes de energía. ¿De dónde salía? La estructura entera de la física se
basaba en el hecho de que ni la materia ni la energía podían destruirse ni
crearse. ¿Habría que derribar todo el edificio de la física?
En 1905, a los veintiséis años,
Albert Einstein publicó sus ideas acerca de todas estas cuestiones.
Supongamos —dijo— que la luz se mueve con velocidad constante sea
cual sea el movimiento de su punto de origen, como parecía demostrar el
experimento de Michelson-Morley. ¿Cuáles serían entonces las
consecuencias?

Las consecuencias las expuso con
ayuda de unas matemáticas claras y directas. Según Einstein, no podía
existir movimiento absoluto ni falta absoluta de movimiento. La Tierra se
mueve de una cierta manera al comparar su posición espacial con la del Sol;
de otra distinta al compararla con la posición de Marte, pongamos por caso.
Es más, al medir longitudes, masas o incluso tiempos, el movimiento relativo
entre el objeto medido y el observador que mide influye en los resultados de
la comparación.
Materia y energía —dijo
Einstein— eran aspectos diferentes de la misma cosa. La materia se puede
convertir en energía y la energía en materia. Lo que sucedía en la
radiactividad es que un trozo diminuto de materia se transforma en energía;
pero la cantidad de materia convertida es tan pequeña que no puede pesarse
con los métodos corrientes. En cambio, la energía creada por ese trocito de
materia era lo bastante grande para detectarla.
Todo aquello parecía violar el
sentido común, pero el caso es que las piezas encajaban perfectamente. Y
además explicaba algunas cosas que los científicos no acertaban a explicar
de otra manera.
La fama que adquirió Einstein
por sus teorías le valió en 1909 una cátedra en la Universidad de Praga, y
en 1913 fue nombrado director de un nuevo instituto de investigación creado
en Berlín, el Instituto de Física Kaiser Wilhelm.
Dos años más tarde, en 1915,
durante la Primera Guerra Mundial, publicó un artículo que ampliaba sus
teorías y exponía nuevas ideas acerca de la naturaleza de la gravitación.
Las teorías de Newton, según él, no eran suficientemente precisas, y
la imprecisión se ponía claramente de manifiesto en la vecindad inmediata de
grandes masas, como la del Sol.
Las teorías de Einstein
explicaban la lenta rotación de la órbita del planeta Mercurio (el más
próximo al Sol), rotación que las teorías de Newton no podían
explicar; y predecían también que los rayos luminosos, al pasar cerca del
Sol, se apartarían de su trayectoria rectilínea. El eclipse de 1919 demostró
que la predicción era correcta e inmediatamente se vio que Einstein
era el pensador científico más grande que había habido desde Newton.

Einstein recibió el Premio
Nobel de Física en 1921, pero no por la relatividad, sino por dar una
explicación lógica del «efecto fotoeléctrico», resolviendo así el enigma de
cómo la aplicación de luz era capaz de hacer que los electrones saltaran de
la superficie de ciertos materiales. También se le premió por sus teorías
del «movimiento browniano», el movimiento de partículas diminutas
suspendidas en un líquido o en el aire, fenómeno que venía intrigando a los
físicos desde hacía casi ochenta años.

Alemania vivió luego días muy
aciagos. Adolf Hitler y los nazis iniciaron la conquista del poder,
propugnando una forma nueva y brutal de antisemitismo; y Albert Einstein
era judío. En enero de 1933, cuando los nazis ganaron finalmente las
elecciones, dio la casualidad de que Einstein se hallaba en
California; prudentemente decidió no regresar a Alemania, sino que marchó a
Bélgica. Los nazis confiscaron sus propiedades, quemaron públicamente sus
escritos y le expulsaron de todas las sociedades científicas alemanas.
Luego emigró a los Estados Unidos,
donde fue bien acogido (en virtud de un decreto especial adoptó en 1940 la
ciudadanía norteamericana). Einstein aceptó la invitación de trabajar
en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, New Jersey.
1934 fue el año en que el físico
italiano Enrico Fermi
comenzó a bombardear elementos con unas
partículas subatómicas recién descubiertas, llamadas «neutrones». Al
bombardear uranio observó resultados peculiares, pero no halló ninguna
explicación satisfactoria. (La importancia de este trabajo fue reconocida en
1938, cuando se le concedió a Fermi el Premio Nobel de Física). Pocos años
después, el químico Otto Hahn
descubría en Berlín que al bombardear
uranio con neutrones se producían átomos de aproximadamente la mitad de peso
que los del uranio.

Lise Meitner
y Otto R.
Frisch
, dos físicos alemanes refugiados que investigaban en Copenhague,
dieron en 1938 una posible explicación del trabajo de Hahn. Según
ellos, cuando los neutrones chocaban contra los átomos de uranio, algunos de
éstos se partían en dos: el fenómeno recibió el nombre de «fisión del
uranio». La fisión del uranio liberaba mucha más energía que la
radiactividad ordinaria, y además liberaba neutrones que podían provocar
nuevas escisiones. El resultado podía llegar a ser la explosión más tremenda
que jamás se había visto. El experimento de Hahn demostró que la masa
y la energía guardaban estrecha relación, tal y como había predicho
Einstein.
En enero de 1939 llegó el físico
danés Niels Bohr
a los Estados Unidos para pasar varios meses en
Princeton, donde tenía la intención de estudiar diversos problemas con
Einstein. Allí anunció las observaciones de Hahn y la explicación
de Frisch y Meitner. Su teoría llegó rápidamente a oídos de
Fermi, quien había huido de Italia (aliada por entonces con la Alemania
de Hitler) y trabajaba en la Universidad Columbia.
Fermi estudió el tema con
los físicos John R. Dunning y George Pegram, de Columbia, y
decidió que Dunning realizara cuanto antes un experimento para
comprobar los resultados de Hahn y la teoría de Frisch y
Meitner. Trabajando contra reloj durante varios días, Dunning
realizó el primer experimento, de los efectuados en Estados Unidos, que
demostraba la posibilidad de escindir el átomo.
En el verano de 1939 se estudiaron
con Albert Einstein todos estos hallazgos. Einstein escribió
entonces una carta al presidente Flanklin D. Roosevelt, comunicándole
que la bomba atómica era una posibilidad real y que no debía permitirse que
las naciones enemigas se adelantaran en su fabricación.
Roosevelt se mostró de
acuerdo con Einstein y proveyó inmediatamente fondos de
investigación. La Era Atómica comenzaba a despuntar.
Albert Einstein murió el 18
de abril de 1955. Hasta ese mismo día urgió al mundo a llegar a algún
acuerdo que desterrara para siempre las guerras nucleares.
Einstein fue el Newton
de esa revolución científica que había comenzado con Wilhelm K. Roentgen
y
Becquerel. Sus teorías permitieron a los científicos predecir
descubrimientos e investigarlos. Así ocurrió, por ejemplo, con la fisión del
uranio: en cuanto fue descubierta, se vio que las teorías de Einstein
ofrecían la posibilidad de la bomba y de la energía atómica.

Todo lo que en el futuro ocurra en
torno a la energía atómica —para bien o para mal— tuvo su origen en las
ecuaciones que inventó un joven empleado de la oficina de patentes para
expresar la relación entre materia y energía.

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