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Un día con los Reyes Magos

Desde que los Reyes Magos se desvanecieron en las brumas de mi infancia, anduve siempre con la sensación de una pérdida y una carencia. Pasó el tiempo, luego corrió y al fin pareció desbocarse, como el caballo que presiente la cuadra definitiva. Un día apareció ante mi puerta un vagabundo imposible, que dijo ser un rey extraviado. Supuse que era la aparición -o solo la reedición- de otro Rey Mago que se entretuvo en el desierto dando de beber al sediento y llegó tarde al portal. A cambio de una empanada gallega, que en aquel momento estaba pidiendo comunión y compañía, me regaló un romance y una historia.
Transcribí la historia, que titulé Días de Reyes Magos, cambiando algunas cosas y añadiendo otras, aunque con la certeza de que aquel vagabundo era un algún rey Mago polvoriento que había vuelto del pasado. Una vez ciertos lectores me preguntaron si creía en los Reyes Magos: dije que sí, pensando en aquel que un día había llamado a mi puerta y me había regalado una historia de la que acaso había sido también protagonista. Pero la confirmación definitiva de la existencia de los Reyes Magos ocurrió una mañana lenta en que el orvallo tamizaba la luz de la tierra. Había ido a un lugar, que acaso ya se haya borrado de la superficie de la tierra, para encontrarme con algunos de los lectores de Días de Reyes Magos, esos lectores que reescriben el libro, porque siempre saben poner el acento en las palabras no acentuadas y la sal en las historias desangeladas. Aquella vez la sal se tradujo en un coro de ángeles que sobrevolaban las páginas del libro y de redactores inteligentes que lo habían reescrito. El rumor de los comentarios de los lectores fue como si se poblara el aire de plumas invisibles que iban dibujando una historia nueva, con sus diálogos, sus silencios y sus risas, sus aventuras y sus desventuras, las nubes y claros, la lluvia y el sol. Al salir, me habría gustado tener tantas manos como plumas revolotearon por las butacas del salón de actos, para poder anotar las variantes de una historia que se había enriquecido con notas nuevas como las variaciones de un piano.
Al salir unas manos (¿angélicas?, ¿mágicas?) me ofrecieron un regalo. "Fiel a mi teoría de la apertura retardada de cartas y regalos", dejé para cuando estuviera solo el momento de abrirlo, mientras iba despidiendo a los mágicos lectores que subían al autobús.
Cuando llegué a casa, vi que el regalo era una jarra, quizá tan mágica como la lámpara de Aladino. Porque, al ir a beber, observé que el rumor del agua se convertía en música, y la bebida en un chorro de letras que al derramarse formaron un charquito de papel. El papel era este mismo que os envío. Estaba firmado del siguiente modo: "Los Reyes Magos del IES de Vila de Cruces".¡Siempre supe que los Reyes Magos y los Ángeles de la Guarda habían de aparecer alguna vez sobre la tierra! Volví a buscar el lugar donde estuvo el salón de actos, pero no lo encontré. Quizá mientras sus ángeles y Reyes Magos hablaban, por la fuerza e ingenio de sus palabras, se había elevado de la tierra como la mítica Castroforte del Baralla.

Emilio Pascual

 
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Emilio Pascual é un varón de certa idade que ás veces escribe e ás veces non. Cando non escribe nin le El Quijote, tampouco monta necesariamente en bicicleta. Cando escribe, non sempre gana Lazarillos, nin compón sonetos imposibles á súa moza nin teatro que non se representa. Desexaría contar os secretos da súa arte, pero oíu o que Unamuno lle dixo a don Quixote: "Se escribes, que ninguén saiba cómo escribes, nin a qué horas, nin de qué modo". E así, el abstense.

(Texto sobre o autor extraído da lapela de Días de Reyes Magos)