HISTORIA DA FILOSOFÍA
Renacimiento
Renacimiento significa "segundo nacimiento" y se refiere al nacimiento de un hombre nuevo; abarca, en su concepción habitual, los siglos XIV, XV y XVI y encierra una renovación en la actividad teórica y práctica del hombre. Esta renovación incumbe a la filosofía, ciencia, poesía, arte, vida social, religiosa, etc.
Es difícil precisar las causas de esta transformación. Lo que sucede a menudo es el resultado de infinitos factores, desde una estructura económica hasta el poder de convicción de un fanático a caballo, desde una ética hasta la belleza de una mujer, pero los cambios radicales en el modo de pensar nunca son ajenos a una profunda transformación en las condiciones de vida. Así, los de esta época podemos explicarlos en virtud de una serie de factores concomitantes:
Antes de la caída de Constantinopla, en el año 1453, los europeos habían inventado o reinventado la pólvora, las armas de fuego, la brújula, la pintura al óleo, las catedrales, el molino de viento, el molino de agua, las lentes, el timón, la exclusa, la forja de fuelle, la medicina y la cirugía, el reloj mecánico, los vitrales, los esmaltes, los mapas matemáticos, la navegación de altura, la industria de los tejidos, etc,... y la imprenta.
El descubrimiento de la pólvora revolucionó el arte de la guerra, la artillería acabó con la orgullosa inexpugnabilidad de los castillos. La ciudad prevalece sobre el campo, lo urbano sobre lo rural, las lonjas sobre los castillos y las Universidades sobre las escuelas de los monasterios. Las ciudades aumentan sus riquezas con el desarrollo del dinero y compran o conquistan privilegios con los que se emancipan del dominio de sus antiguos señores. Frente a la aristocracia de la sangre se consolida la burguesía como una nueva clase social cuyo influjo se basa en el poder de la fuerza y el dinero. Comienza a aparecer el capitalismo revolucionando las antiguas estructuras económicas.
La característica de la nueva sociedad es la cantidad. El mundo feudal era un mudo cualitativo. El tiempo no se medía, se vivía en términos de eternidad y era el natural de los pastores, del despertar y del descanso, del hambre y del comer, del amor y del crecimiento de los hijos... Tampoco se medía el espacio y las dimensiones de las figuras en una ilustración no correspondía a la distancia ni a la perspectiva: eran expresión de la jerarquía, cuya cúpula ve ahora con temor las nuevas actitudes que ponen en peligro su privilegiada situación.
Pero cuando irrumpe la mentalidad utilitaria, todo se cuantifica. En una sociedad en la que el simple transcurso del tiempo multiplica los ducados, en que "el tiempo es oro", es natural que se lo mida minuciosamente. Desde el siglo XV los relojes mecánicos invaden Europa y el tiempo se convierte en una entidad abstracta y objetiva, numéricamente divisible.
El espacio también se cuantifica. LA empresa que fleta un barco cargado de mercancías no va a confiar en esos dibujos de una ecumene rodeada de grifos y sirenas: necesita cartógrafos, no poetas. El artillero que debe atacar una plaza fuerte necesita que el matemático le calcule el ángulo de tiro. El ingeniero civil que construye canales y diques, máquinas de hilar y de tejer, bombas para minas; el constructor de barcos, el cambista, todos ellos tienen necesidad de matemática y de un espacio cuadriculado.
Al despertar del largo ensueño del Medioevo, el hombre redescubre el mundo natural y el hombre natural, el paisaje y su propio cuerpo. Su realidad será ahora secular y profana, o tenderá a serlo cada vez más, pues una visión del mundo no cambia instantáneamente. Por otra parte, la crisis del nominalismo había asentado un duro golpe a la metafísica escolástica como suprema visión radical del mundo y de la sociedad. Así, el Renacimiento es también un resurgir espiritual del hombre, renovación intelectual que ya no es el vivir solamente en la pura relación con Dios, sino el renovarse del hombre de sus poderes humanos, en relación con los otros hombres, con el mundo y, también, con Dios. ¿Cuál es el camino de ese renacer? Sólo hay uno: el regreso del hombre a sí mismo, el reconocimiento de su verdadero pasado, el volver a establecer el enlace con su historia genuina.
Uno de esos principios, tal vez el más atrayente, es la antigüedad clásica. Suege así la figura del "humanista", que es un hombre letrado, conocedor de las lenguas clásicas y de los textos clásicos. Esa recuperación de los textos filosóficos de la antigüedad no podía menos que despertar el interés por su contenido, recuperándose así los grandes sistemas de la antigüedad, pero tomando al mismo tiempo conciencia de la propia originalidad. Los pensadores renacentistas son individualistas, piensan desde sí mismos; estos pensadores, que viven al margen de toda actividad oficial, que no dan clase en las Universidades y cuyas conferencias en algunos casos son reprimdos por la policía, no aceptan sin más la autoridad de los clásicos, sino que realizan diversas tentativas para encontrar nuevas soluciones, aunque esas tentativas, salvo excepciones, no se presentan con carácter sistemático plenamente cristalizado.
La caída de Constantinopla, por su parte, empuja amuchos griegos a huir a Italia; allí impulsan el estudio de las letras y textos clásicos, al tiempo que se renuevan las relaciones comerciales con Oriente, dando paso paulatinamente al nacimiento de las ciudades (los burgos), los burgueses y el capitalismo comercial, con sus tendencias realistas y leberales. De la Cristiandad medieval se pasa a la crisis y a las polémicas derivadas de la Reforma; de la disgragación del poder político a su concentración en el Estado moderno. Los descubrimientos geográficos ("el nuevo mundo"), la revolución astronómica ("los nuevos cielos"), y los nuevos inventos técnicos, en fin, hacen comprensible que los renacentistas hablasen con insistencia de la luz emergida de las tinieblas medievales y que tuviesen esa conciencia de cambio histórico y de progreso.
El nacimiento de la Física Matemática
A menudo se da como explicación del Renacimiento el que los hombres se ocupen de la observación de los hechos en lugar de especular con conceptos,etc. Sin embargo, aunque la Edad Media fue ciertamente un período predominantemente libresco, esto no puede achacarse al pensamiento griego. Lo que hay en el Renacimiento es una noción radicalmente distinta de lo que se reclama como ciencia y esta noción hunde sus raíces en los fundamentos ontológicos de la nueva ciencia.
Si nos fijamos en cómo se desarrolló la discusión entre los medios escolásticos y los científicos modernos, especialmente Galileo, constatamos que el reproche que constantemente se le hace a Galileo es precisamente el de no atenerse a los hechos concretos. Galileo, efectivamente, antepondrá a los hechos cierto tipo de exigencias del entendimiento teórico. Así, la esfera que rueda sobre un plano, dice Galileleo, sólo toca a éste en un punto. Se trata, pues, de una abstracción matemática que, como tal, niega lo físico, los hechos.
En el caso del movimiento: ¿depende el principio de inercia de que haya en alguna parte un cuerpo sobre el cual no actúe ninguna fuerza? En modo alguno; el propio Galileo nos dice que no le preocupa la cuestión de si puede haber de hecho un cuerpo en tales condiciones. Se trata de una construcción mental.
Ahora bien, desde el punto de vista epistemológico tales construcciones a priori son aparte de la experiencia y, por tanto, su coincidencia con los resultados de las observaciones podría ser casual.
Lo anterior es cierto a no ser que la construcción de esos esquemas responda a una ontología, es decir: a aquel tipo de conocimiento que estásupuesto en todo conocer esto o aquello y, ciertamente, a una ontología distinta de la medieval. Galileo establece los principios de la física no en virtud de la experiencia sino en virtud de ciertas exigencias previas. ¿En dónde residen esas exigencias previas? En una ley, en una constitución a priori de la mente misma con la que el empírico tiene, en definitiva, que ser acorde. Y esa constitución es lo que llamamos matemática.
El postulado de Galileo es que "la Naturaleza está escrita en lenguaje matemático" y, por tanto, ha de poder reducirse a esquemas matemáticos.
Si el ideal del conocimiento científico es la reducción a esquemas matemáticos, lo ente será por principio aquello que se deja reducir a esquemas matemáticos, lo cual quiere decir: a esquemas cuanttativos, a fórmulas que no contengan otra cosa que operaciones con cantidades. Por lo tanto, ha de tratarse con magnitudes, es decir con tipos de realidad dentro de los cuales un ente pueda compararse con otro del mismo tipo en términos tales que si uno es 1 el otro es 2, etc.
En principo hay dos tipos de realidad que cumplen esta condición: la extensión (magnitud espacial) y la duración (magnitud temporal). Como consecuencia de ello, el especio y el tiempo no son sino la magnitud pura, dentro de la cual se determinan cantidades, por lo tanto, carecen de determinación cuantitativa, es decir: son absolutamnete uniformes y, por tanto, infinitos. Las cualidades no reducibles a cantidad serán subjetivas, secundarias.
Este carácter de determinación cuantitatriva en el espacio y en el tiempo es lo que constituye el concepto moderno de materia; la materia es lo ente. En efecto:
Veamos ahora cómo los principios fundamentales de la física metamática derivan del postulado de la reductibilidad a esquemas matemáticos:
En primer lugar, las operaciones matemáticas (que son pura ley de la mente) no tendrían validez si no se cumpliera un principio de conservación. No tendría validez que sos más dos son precisamente cuatro, si no tuviéramos la seguridad de que ninguna cantidad puede haberse esfumado sin ir a parar a parte alguna; en otras palabras: si no tuviéramos la seguridad de que tampoco en lo físico cambia la suma sin que cambie ninguno de los sumandos. Por lo tanto, la noción misma de la física matemática lleva consigo un principio de conservación de la materia.
En consecuencia, el movimiento no puede ser otra cosa que el paso de determinadas distribuciones espaciales de la materia a otras distribuciones espaciales de la misma; no puede ser aumento o disminución, porque la materia se conserva siempre; no puede ser cambio de cualidad, porque no hay cualidades, éstas son "subjetivas", sólo puede ser cambio de distribución espacial de la materia. Por lo tanto, todo movimiento tendrá que ser reducible a cambios de localización espacial de partículas materiales, y el movimiento de una partícula material estará definido como magnitud por la relación entre el espacio que dicha partícula recorre y el tiempo que tarda en recorrerlo, es decir: e/t, a lo que llamamos velocidad.
Pues bien, para que el movimiento pueda ser tratado matemáticamente, para que se pueda operar matemáticamente con velocidades, es preciso también aquí un postulado de conservación; si la velocidad pudiese aumentar o disminuir sin actuación externa alguna, un incremento de velocidad no sería matemáticamente tratable. Por eso, la naturaleza misma de la física matemática comporta el siguiente principio: "la velocidad de un móvil permanece constante mientras nada exterior actúe sobre él" (principio de inercia).
A la actuación exterior capaz de producir un cambio
de velocidad se le llama fuerza. El cambio de velocidad
que experimenta un móvil se define por la relación entre el incremento
de velocidad (velocidad=magnitud vectorial) y el tiempo en el cual se ha producido;
o sea,
v/t; a
esto se le llama aceleración (también
es unvector). Para que la fuerza sea algo matemáticamente tratable (una
magnitud), es preciso definir que la fuerza es, p. ej., doble que otra cuando
sobre el mismo móvil se produce una aceleración doble, y que el
vector fuerza tiene la misma dirección y sentido que el vector aceleración;
es decir: que la fuerza es directamente proporcional a
la aceleración produce, que f/a es
una constante propia del móvil de que se
trate.
Los principios de la física, pues, no derivan de la exoeriencia, sino de la exigencia de matematismo de los objetos de la experiencia. La mente produce en sí misma (con arreglo a sus propias leyes) ciertos esquemas coherentes en sí mismos. Luego se comprueba si la realidad sensible (experiencia) confirma los resultados que teóricamente se obtienen de estos esquemas. Si no los confirma, no por ello el esquema en cuestión deja de ser coherente en sí mismo; lo que ocurre es que todavía no es la realidad de tal o cual fenómeno físico.
Pero incluso la confirmación de un esquema físico matemático no exige la coincidencia de hecho con una observación empírica, porque el esquema no tiene por qué tener en cuenta a la vez todas las condiciones que se dan en el hecho empírico; por el contrario, para tener una validez general, ha de prescindir de ciertas condiciones que dependen de factores muy complejos y variables, y construir -p.ej.- el caso de una caída libre o de un deslizamiento sin rozamiento; en este caso, basta con que se pueda admitir coherentemente que las condiciones de las que se ha hecho abstracción obedecen a los mismos principios, aunque no podamos hacer el cálculo porque no conozcamos exactamente los datos o porque éstos son extraordinariamente complicados.
El físico, pues, en adelante no se limitará a observar lo ente, sino que produce en lo ente unas determinadas condiciones establecidas y controladas con el fin de observar qué resultado se da en esas condiciones. A esto le llamamos experimento.
Galileo Galilei
(1564-1642)
Galileo rompe con las siguientes concepciones aristotélicas:
Si se quisiera hacer ascender una bola pulida por una superficie inclinada, a su vez totalmente pulida y sin resistencia del aire, tendríamos, no obstante, que vencer la resistencia del plano y sería necesaria una fuerza constante; esta fuerza sería menor si disminuyéramos la inclinación del plano, de tal forma que en un plano horizontal la bola no tendría inclinación al reposo ni al movimiento. Si se le diera, pues, un impulso continuaría moviéndose de forma ilimitada, perpetua.
Ahora bien, Galileo considera que el plano horizontal se identificaría con el de la superficie de la tierra, de modo que únicamente alcanzó lo que se denomina "inercia circular"El principio de inercia va a dar unavisión del universo mucho más laica, motivando también una oposición a la idea de la providencia divina y la consideración de que el universo se mueve por sí mismo, sin acción de Dios; en todo caso, bastaría con que Éste le diera un primer impulso para que siguiera moviéndose indefinidamente. Así, para Descartes el universo será una gran máquina. esta concepción, sin embargo, a pesar de librarnos de la providencia divina, nos va a someter al imperio de la necesidad física, de manera que a partir de ahora el hombre va a aparecer privado de su libertad (Maquiavelo, Spinoza...).
La revolución astronómica
La imagen del Cosmos en la Filosofía Antigua y Medieval es finita, jerarquizada y heterogénea. Dentro de él existen cuerpos diversos regidos por leyes diferentes. En esta imagen la Tierra ocupa el lugar central, mientras que el Sol y los demás planetas giran a su alrededor en órbitas circulares rodeados por la cúpula de las estrellas fijas.
Mientras que la zona sublunar o terrestre se consideraba formada por los cuatro elementos de Empédocles, la zona supralunar o celeste se pensaba que la componía un único "quinto elemento" o "quinta esencia", distinto de los anteriores y que Aristóteles había llamado "éter". Esto era debido a la convicción de que ésta era una zona perfecta y divina en la que, al contrario de lo que sucedía en la Tierra, no se producían los procesos de generación y corrupción (nacimiento y muerte); se caracterizaba, pues, por la inmutabilidad y el único cambio que se producía era el movimiento circular de los planetas, movimiento perfecto porque, como lo inmutable, tampoco tienen principio ni fin, en él ningún momento destaca sobre los demás y es siempre igual a sí mismo.
La heterogeneidad del Universo, el geocentrismo y el mito de la circularidad, a pesar de las irregularidades observables, que se traducirán en la obsesión de los astrónomos por "salvar los fenómenos" complicando cada vez más el número de esferas intermedias necesarias para explicar e movimiento de los planetas, serán difíciles de desterrar de la astronomía, hasta el punto que el propio Galileo, a pesar de conocer los desarrollos de Kepler, se niega a aceptar la existencia de órbitas elípticas.
La primera gran revolución de la Edad Moderna consistirá
precisamente en la alteración de esta concepción astronómica:
Copérnico fue el primer artífice al mantener que el Sol ocupaba el centro del Universo, destronando así a la Tierra, que se movería alrededor de él.
Kepler también mantiene esta idea y establece además matemáticamente el carácter elíptico de las órbitas planetarias y el movimiento uniformemente acelerado de los mismos.
Galileo conoce y perfecciona un istrumenyo óptico concebido para fines militares, el anteojo y lo utiliza para el estudio y observación del Cosmos. el mérito astronómico de Galileo consiste en la utilización científica y teórica que realiza de este instrumento, que va a constituir la base material de la nueva visión del universo.
En su obre Sidereus Nuncios ("el mensajero estelar",
1610) relata todo lo que ha descubierto a través del enteojo:
Estos dos hechos quiebran la imegen dualista del Cosmos: el antiguo mundo supralunar se presenta a través de los nuevos "ojos técnicos" similar al mundo tereno, sujeto al cambio y al movimiento.
Algunos autores consideraban que la visión a través del anteojo no era realista, que la luna podría estar recubierta de una substancia pulida, etc.
La nueva imagen del Cosmos será, pues, instrumental y derrumbará la imagen antigua y medieval, pniéndolo de manifiesto como una realidad homogénea y preparando el terreno a la física de Newton que será universal y se extenderá a todos los cuerpos, tanto terrestres como celestes.
Nos encontramos, pues, ante una tesitura totalmente novedosa y que a la postre significará, junto a las revoluciones marxista, darwiniana y freudiana, el derrumbe de toda la concepción del hombre sobre sí mismo. Con el tiempo éste irá pasando de encontrarse en el centro mismo de la cración con el universo entero girando en torno de sí y la bóveda celeste al alcance de su propia mirada, a situarse en un pequeño planeta de una diminuta estrella, entre cientos de miles de millones de galaxias.
Son tiempos, pues, en que se va borrando una imagen del universo, desapareciendo con ella la sensación de seguridad que se tiene ante lo familiar, tiempos en que parece rescindirse el pacto primero entre el mundo y el ser humano: el hombre se siente a la intemperie, sin hogar. Entonces, se preguntará nuevamente sobre sí mismo.