“La Crítica de la cultura occidental”
Nietzsche
(1844-1900)
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La muerte de Dios |
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Respecto a la historia del pensamiento, la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza por la ausencia de grandes sistemas y la aparición de una pluralidad de movimientos de muy distinto signo (marxismo, positivismo, vitalismo, pensamiento de Kierkegaard-existencialismo) que suponen una crítica, una revisión y una reacción frente a la visión especulativa y sistemática de la Filosofía que tuvo su mejor realización en Hegel.
Supusieron clamor de protesta contra el excesivo, quizás, espíritu de geometría que había imperado a lo largo de la primera mitad del siglo; el carácter abstracto y claramente racionalista del hegelianismo y la índole matematizante del positivismo había implicado una exaltación de los aspectos racionales del hombre, aspectos sin duda alguna existentes, pero no exclusivos del mismo.
Por ello el carácter común a todas esas filosofías
de la vida va a ser la defensa del irracionalismo y la apreciación de
la vida como la realidad radical en el ser humano, lo que llevará consigo
también la consideración del hombre como ser histórico,
como historicidad.
Destaca por tanto el interés por la Historia,
en cuanto conocimiento del desarrollo de la humanidad y sus leyes, tema de reflexión
filosófica consagrado definitivamente en el siglo XIX y que dará
lugar a una corriente, el historicismo, cuyo máximo exponente en esta
época es Dilthey. Este autor establece una distinción entre “ciencias
de la naturaleza” (aquellas cuyo estudio está basado en los métodos
experimentales) y “ciencias del espíritu” (aquellas que se
refieren al hombre y a sus productos culturales).
Surge así la contraposición Naturaleza/Cultura, dándosele primacía a la primera sobre la segunda; de aquí la exaltación de la vida y el sentido biográfico como forma de entender al hombre, así como la crítica de los productos culturales como encubridores del verdadero ser del hombre. Esta tendencia del pensamiento ha recibido el nombre de “Vitalismo”, que se caracteriza fundamentalmente por una reacción contra el racionalismo e idealismo y contra la absolutización de la ciencia, llevada a cabo por el positivismo, como única forma de entender el mundo.
Un dato importante a tener en cuenta es que este movimiento se caracteriza porque en sus autores se da una pluralidad de influencias: crítica de la religión (muerte de Dios), pensamiento evolucionista de Darwin, análisis de la interioridad del hombre, etc.
Por último, señalar que estos autores al escribir sus obras más que a una organización sistemática recurren a la exposición y al análisis de determinados temas con el apoyo de una amplia cultura que hace ganar en brillantez lo que pierde en rigor sistemático. Se trata más del desarrollo de intuiciones en forma de ensayos que de obras expositivas sistemáticas.
Así, también Nietzsche intentará comprender y explicar la vida como el trasfondo profundo de lo que todo surge. Esta exposición la realizará siguiendo el desarrollo de unos temas que van surgiendo a lo largo de su obra y entre los que pueden considerarse fundamentales los de la “Muerte de Dios”, “El Superhombre”, “La Voluntad de Poder”, y el “Eterno Retorno”. El rechazo del positivismo se manifiesta en la utilización de un método distinto al científico-experimental: la Genealogía.
Estos temas constituyen la vertiente afirmativa del pensamiento de Nietzsche, vertiente que toma como hilo conductor el rechazo crítico de los principales conceptos de la religión, la Filosofía y la moral que tradicionalmente han servido para explicar el mundo en la cultura occidental.
¿era esto la vida?, ¡ea, pues, otra vez!
Nietzsche nace en Röcken (Sajonia), el 15 de Octubre de 1944. Su padre, Karl Ludwig era pastor protestante y su madre, Franciska, también era hija de eclesiástico. El ambiente religioso que vivió en su infancia y juventud estuvo presente toda su vida y él mismo declaró que “estaba muy satisfecho de haber pertenecido a una familia que se había tomado la religión en serio”. El ambiente era, pues, de religión y estudio.
En 1846 nace su hermana Elisabeth, que había heredado de su padre, como él, la propensión a los dolores de cabeza y a la miopía, e intervendría de manera absorbente en su vida y en su obra póstuma. Su otro hermano, José, nació en 1848 y murió en 1850. Su padre murió en 1849 de una caída cuando bajaba la escalera de la iglesia cuyo golpe le ocasionó un debilitamiento cerebral que fue la causa de su muerte. Así, Nietzsche convivirá en su infancia como único varón con su madre, su hermana, una tía y la criada de su madre quien permanecerá cuidándole hasta los últimos momentos.
Abandonó la escuela pública cuando fue admitido como becario en la fundación Pforta, donde habían estudiado Fichte, Novalis, y otros. En esta fundación fundó con sus amigos la unión musical “Germania” comprometiéndose a presentar cada uno un trabajo artístico, literario, musical o de cualquier otro arte por mes para ser criticado entre ellos y así estimular sus afanes formativos. Por este tiempo se inicia ya su distanciamiento del cristianismo.
Ingresa en la Universidad de Bonn a los veinte años para estudiar teología, conforme a la tradición familiar, y filología según su propia vocación. Al curso siguiente se trasladó a la Universidad de Leipzig siguiendo a F. Ritschl, catedrático del que era discípulo ferviente. Abandona la teología y crece su entusiasmo por la música.
En 1865, alejado por completo del cristianismo por su pretensión verdad exclusiva, desesperado de apenas poder confiar en nada y empeñado en crearse una vida personal, dio con el libro de Schopenhauer El mundo como voluntad y representación, que despertó en él gran entusiasmo al encontrar en él una concepción de la Filosofía como tarea esencialmente práctica por la ética y la estética y confiesa abiertamente que después de Schopenhauer la vida es más interesante, aunque sea, a su vez, más odiosa. También es influido por Kant a través de Lange y Kuno Fischer.
Uno de los acontecimientos de mayor influencia en su vida fue el encuentro con R. Wagner, en 1868, al que dedicará su primera publicación de alcance: El nacimiento de la tragedia (1872). Este compositor, ídolo en los círculos schopenhauerianos, que enriquecía su música con ensayos filosóficos y prometía transformar la cultura alienada de entonces en formación personal, provocó la firme adhesión de Nietzsche, como maestro y amigo personal, hasta que llegó el desencanto y la ruptura al someterse Wagner a los halagos que le produjeron el triunfo de Bayreuth y a la cultura tradicional alemana en aras de la popularidad y del ambiente antisemita y ficticio de los alemanes.
En 1869 llegó como profesor de filología clásica a la Universidad de Basilea (Suiza), propuesto por el profesor Ritschl, que estaba convencido de prestar un buen servicio a la Universidad pues “nunca hasta entonces había conocido a un joven a quien él hubiera procurado estimular con los medios a su alcance que hubiera madurado tanto, tan pronto y siendo tan joven”. El grado de doctor le fue concedido por la Universidad de Leipzig, sin el examen especial, considerando méritos suficientes los trabajos realizados en los años de estudio. La impresión que Nietzsche causó en sus alumnos se recordaba cincuenta años después. Alababan su libertad de espíritu, su inconformismo en los métodos y en los programas, su sentido estricto de la justicia, su reserva en las alabanzas, su pretensión de desarrollar las personalidades, su modo de escuchar al otro y su gusto en el lenguaje.
La enfermedad que ya se había hecho sentir en años anteriores se intensificó, con fuertes dolores de cabeza y de ojos, vómitos frecuentes, que le acarreaban una debilidad excesiva, y después de ir necesitando varias licencias temporales, hubo de cesar definitivamente en 1879.
En una situación precaria en extremo tiene que jubilarse prematuramente, sosteniéndose con la modesta pensión que le asignó la Universidad de Basilea y de la que dependían también su madre y su hermana. Comienza una vida de fugitivo errante, una existencia de paseante, dirá él, sin paradero fijo, alternando las alturas de los valles alpinos en verano, preferentemente Sils-María y durante los inviernos por la Riviera italiana, el sur de Francia, Naumburg y otras ciudades de Italia.
Bajo la presión de sus terribles dolores de cabeza, las migrañas y el agotamiento, deambula como un reptil agarrado a la naturaleza, a la tierra, al agua, a la vegetación, buscando el aire donde respirar como un ave. En esta época, que dura diez años hasta su derrumbe psíquico, no renuncia al esfuerzo y al trabajo, creando las obras más importantes de su filosofía:
· El caminante y su sombra (1879)
· Ecce homo
· Aurora (1881)
· El gay saber (1882)
· Así habló Zaratustra (1ª y 2ª partes: 1883;
3ª y 4ª partes: en años siguientes)
· Más allá de lo bueno y de lo malo (1886)
· Genealogía de la moral (1887)
· El gay saber
· El caso Wagner
· Crepúsculo de los ídolos
· Nietzsche contra Wagner
· El Anticristo
· Ditirambos dionisíacos
· La voluntad de poder. Cambio de valoración de todos los valores
(que no llegó a concluir).
En 1882 escribe a su amigo Peter Gast: “considere cómo desde 1876 he sido, bajo muchos aspectos del alma y del cuerpo, un campo de batalla y no un ser humano” y en Ecce homo escribe “Este monumento de una rigurosa autodisciplina, con la que puse bruscamente fin en mí a toda patraña superior, a todo “idealismo”, a todo “sentimiento bello” y a otras debilidades femeninas que se habían infiltrado en mí...”. Cuando envió este libro a Wagner éste le hizo llegar, con dedicación amistosa, su Parsifal. Nietzsche lo entendió como un “cruce de espadas” y confiesa: “¡Increíble! Wagner se había vuelto piadoso.”
En 1882 tuvo una temporada
de salud que desbordó su entusiasmo y conoció a Lou Salomé
. Estos buenos momentos los refleja en sus declaraciones: “Fluye
ininterrumpidamente la gratitud, como si hubiese ocurrido en efecto algo
inesperado, la gratitud de un convaleciente, pues la convalecencia era
lo inesperado”, o“Quiero aprender a ver cada vez
más a ver lo necesario como bello en las cosas, y así seré
uno de los que hacen bellas las cosas”. Es en esta época
cuando descubre su visión del “eterno retorno”. |
![]() Lou Salomé |
Desde enero de 1889 hasta su muerte en Weimar, el 25 de Agosto de 1900, Nietzsche no cuenta para una actividad intelectual normal, había sufrido terribles crisis valetudinarias hasta tener que cesar definitivamente y seguir esforzándose por un alivio en su salud. El primer signo de demencia aparece el 27 de diciembre de 1888, cuando lanza escritos breves, dirigidos a amigos y extraños, en los que se identifica a sí mismo con el Crucificado, con Dios o con Dionisos, y atribuye papeles mitológicos a sus conocidos, como Ariadna o Cosima Wagner, y hasta pone como su dirección postal el Palazzo Quirinale. En Turín se enfrenta con un carrero que golpeaba a su caballo y, afeándole bruscamente su acción, se abraza al animal. Su amigo Franz Overbeck, después de consultar a un psiquiatra sobre los escritos que recibía de Nietzsche, acudió a Turín, se encargó del enfermo y le llevó a Basilea para hacerle ingresar en una clínica psiquiátrica. Después del tratamiento de ataque agudo, su estado fue relativamente tranquilo y se encargaron de él su madre y su hermana, trasladándole a Jena y a Naumburg. La hermana consiguió hacerse tutora y depositaria de la obra del filósofo.
El diagnóstico definitivo fue “una forma esquizofrénica y expansiva de parálisis estacionaria” que, después de los agudos ataques de 1889, dio lugar a un estado crónico de estupidez en el enfermo.
Lou Salomé, la inteligente rusa que tanto atractivo despertó en Nietzsche, conoció y estudió con visión psicológica la obra y la vida del filósofo: “Nietzsche analiza la influencia que ejercen sobre el pensamiento los cambios de humor que produce la enfermedad y la convalecencia. Analiza estos estados de alma hasta las más tenues modulaciones, y las persigue hasta las cimas en las que alcanzan la inteligencia pura.” “Tal es la razón por la cual importa que fijemos nuestra mirada en el hombre, y no en el teórico, si no queremos perdernos en la obra de Nietzsche”. Y el propio Nietzsche descubre precisamente en su estado de salud, en su voluntad de salud, su tensión filosófica: “Un ser típicamente enfermo no puede estar sano y menos aún sanarse a sí mismo. En cambio, estar enfermo, para alguien típicamente sano, puede ser hasta un enérgico estimulante de la vida... Yo hice de mi voluntad de salud, de vida, mi filosofía”.
En un primer momento, Nietzsche se encuentra bajo la influencia de Shopenhauer y Wagner y de la filosofía griega. La valoración que hace de ésta y que mantendrá a lo largo de toda su obra es muy positiva respecto de los filósofos presocráticos (en particular de Heráclito), a los que llama “filósofos trágicos”, y negativa respecto a Sócrates y Platón, a los que considera los destructores del pensamiento trágico. En este período considera que la religión, la metafísica y el arte griegos son superiores a la ciencia como medios para llegar al fondo del mundo, pero posteriormente sustituirá estas disciplinas por la investigación crítica a fin de demostrar el carácter ilusorio de la metafísica, la religión, el arte y la moral.
La moral imperante en occidente desde hace veinte siglos es la moral judeo-cristiana. Ella penetra toda nuestra cultura y late, bajo un disfraz nuevo, por detrás de fenómenos que parecen no tener nada que ver con ella; así, p. ej., en la supresión de las desigualdades propugnada por el socialismo, o en la supuesta “objetividad” con que el científico examina los hechos, reencontramos, disfrazados, los valores cristianos del “desinterés”, “altruismo”, “olvido de sí”, etc. Así pues, son estos valores los que debemos interpretar y criticar para comprender nuestra cultura como sana o como enferma.
El método que emplea es entonces la Genealogía, que consiste en un análisis histórico que trata de explicar el origen psicológico, la génesis, de conceptos que representan ideales tales como “derecho”, “verdad”, “santidad”, etc. Esto equivale a preguntarse en qué condiciones creó el hombre estos valores, porque los valores no tienen fundamento en las cosas, sino que son la creación de los hombres. El análisis consiste en la disección crítica de un fenómeno aparentemente sencillo para dar cuenta de su estructura compleja y de sus múltiples relaciones, relaciones que Nietzsche rastrea a lo largo de la historia porque concibe al hombre como un resultado de procesos históricos. Nietzsche trata así de desenmascarar lo que ocultan los conceptos metafísicos y religiosos que el hombre maneja y encuentra que en casi todos los casos se puede explicar que estos conceptos surgen de lo contrario de lo que expresan -p.ej., el “derecho” tendrá su origen en el “provecho común”, la “verdad” en el instinto de falsificación, etc.-. Estos instintos y tendencias del hombre siempre están ocultos, al desenmascararlos Nietzsche intenta mostrar cómo el hombre ha colocado sobre su vida pesos inmensos, inclinándose ante lo sobrehumano, adorando lo que él mismo ha creado, y se ha perdido como hombre, se ha hecho esclavo. Religión, metafísica y moral son formas de esa esclavitud a la que se ha sometido el hombre. Nietzsche considera que descubriendo ese trasfondo humano, “demasiado humano”, de todo lo ideal se puede reconvertir al hombre, cambiar su actitud. El hombre ya no buscará los fines fuera, sino dentro de sí mismo. La vida deberá dejar de estar sujeta a los preceptos de la moral y condicionada por un trasmundo metafísico que se ocultaría tras el mundo fenoménico y se haría así libre (“Dios ha muerto, todo está permitido”, decía Dostoievski ), al no estar cohibida por ningún poder sobrehumano.
Pasando, en fin, al origen de nuestra moral, Nietzsche afirma que los términos “bueno” y “malo” tienen una doble procedencia u origen: la esfera de los nobles y la de los esclavos. Así, las morales pueden reducirse a dos tipos básicos: la “moral de señores” y la “moral de esclavos”. En un principio, “nobles” y “esclavos” hacía referencia a estamentos o castas sociales, pero luego esa “nobleza y “servidumbre” experimentó una “metamorfosis conceptual” y pasó a querer decir “anímicamente noble” (noble de espíritu) y “esclavo espiritualmente hablando” (esclavo de las pasiones). De estas dos morales, la “moral de señores” es históricamente anterior. En esta moral “bueno” significa noble, fuerte, superior, orgulloso, el hombre que vive una vida elevada y afirmativa. “Malo” significa bajo, sucio, inferior, mezquino, negador. El bueno y el malo lo eran “en sí mismos”. Esta moral noble fue invertida por la de los esclavos, que entendían, al contrario, “bueno” como manso, sumiso, igual, y el “malo” como “belicoso”, “orgulloso”, etc. En la historia, el paso de una moral a otra se ha dado con el pueblo judío, que inició así lo que Nietzsche llama “la rebelión de los esclavos”. El cristianismo no es sino el heredero de esta rebelión y el que ha hecho triunfar en occidente los valores del pueblo judío. Esta moral se caracteriza, a la inversa de la noble, por la valoración positiva de la mediocridad, mansedumbre, gregarismo, pasividad y hostilidad a la vida.
¿Qué es lo que ha hecho triunfar a esta moral de esclavos? Según Nietzsche, el resentimiento, el odio al superior, el espíritu de venganza, que es el principal distintivo de los hombres de este tipo. La moral de esclavos en lugar de ser, como la de los señores, una expresión del modo de vida del que valora, un “sí” dicho a sí mismo y su forma de vida, es una reacción contra estos nobles. No es expresión de una actividad, sino de una mera reactividad, expresión de un tipo de hombre incapaz de afirmarse a sí mismo o a la vida, de un hombre que niega, cuyo acto creador es decir “no” a lo distinto y que condena todo lo que la moral noble estableció como bueno. Lo bueno en sí pasa a ser malo para mí y, por contraposición, puesto que el otro es el malo, el bueno soy yo.
Nietzsche recurre a la cita de preeminentes autores cristianos para mostrar cómo el resentimiento anida en el fondo de esta moral; así, Tomás de Aquino en su Suma Teológica dice: “Por tanto, para que la bienaventuranza de los santos les satisfaga más, y por ella den gracias más rendidas a Dios, se les concede que vean perfectamente la pena de los impíos”. Y, en tono más brutal, Tertuliano, apologista cristiano de los siglos II-III, declara ante el espectáculo (que espera contemplar) de los paganos padeciendo las penas del infierno: “¡Qué espectáculo tan grandioso! ¡De cuántas cosas me reiré! ¡Allí gozaré!” para concluir que tales espectáculos “son más agradables que el circo, y el doble teatro, y todos los estadios”.
No es del amor, pues, como dicen, del que han nacido estos valores, sino del resentimiento. Bajo el amor, altruismo, compasión, bondad, etc., que son las virtudes que proclama la moral de esclavos, hay soterrados un conjunto inconfesable (y generalmente, no consciente) de odio, egoísmo, interés, vanidad, crueldad, etc. Proclamándose “virtuosos”, “buenos”, “justos”, etc., lo que pretenderían estos pobres de espíritu sería arrogarse una forma cualquiera de superioridad sobre los nobles, lo que en definitiva no es más que una “venganza subterránea”.
La mala conciencia o culpabilidad, que el cristianismo ha convertido en virtud bajo el nombre de “arrepentimiento” o “remordimientos de conciencia”, no es tal virtud. Para Nietzsche se trata de crueldad (un instinto insuprimible en el hombre) que revierte hacia el interior cuando no puede volcarse hacia algo exterior.
Nietzsche prefigura así algunas ideas del psicoanálisis, al afirmar que impulsos básicos del hombre que son reprimidos e inhibidos encuentran alguna válvula de escape por la que se evaden de forma inconsciente. La inhibición de esta crueldad instintiva se originaría al llegar el hombre al estado de civilización y tener que reprimir ese impulso (entre otras cosas por las penas y sanciones que la sociedad impone si se manifiestan). “Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro”, concluye Nietzsche.
En cuanto al ascetismo, se le ha venerado porque daba una respuesta al problema del sufrimiento, ofrecía un sentido a la vida doliente del hombre. Éste, dice Nietzsche, no teme sufrir; teme más el sin-sentido del sufrimiento, que el dolor no sea para algo. El ascetismo le ofreció un sentido: el ascetismo es un camino para otra vida distinta y mejor que ésta.
Para conseguir esto, el sacerdote ascético ha interpretado el sufrimiento como el efecto de una “culpa” por parte del que sufre: este sería un “pecador” y su sufrimiento no es más que un “castigo” por sus pecados. Con ello el sufrimiento queda explicado (y el “pecador” consolado, pues al fin y al cabo, “las razones alivian”) y, a la vez, con él queda expiada la culpa, convirtiéndose así el sufrir en promesa de bienaventuranza.
Para Nietzsche, la Ilustración, resaltando la razón individual en contra de toda autoridad divina, había iniciado la muerte de Dios, pero no la había llevado a sus últimas consecuencias, pues si bien había negado la trascendencia de lo divino, se había divinizado la razón y el Estado.
Nietzsche rechaza tanto la idea de Dios trascendente como inmanente a la propia Naturaleza. Considera a la Naturaleza como el resultado de un azar originario y constituyente, lo que encierra vacío y un cierto temor. La vida es dolor, lucha, destrucción, crueldad, incertidumbre, error; el azar la domina, los valores humanos no encuentran en ella ninguna raíz. Es un pensamiento trágico de la vida ante el cual son posibles dos actitudes:
a) Una, de renuncia y fuga, conduce al ascetismo, es la actitud propia de la moral cristiana y de la espiritualidad común.
b) La segunda es la de la aceptación de la vida tal como es, con sus caracteres originarios e irracionales y conduce a la exaltación de la vida y a la superación del hombre. Esta es la actitud de Nietzsche.
Afirmar la vida, “decir sí” a la vida es, pues, afirmar y “decir sí” también al dolor que ella conlleva. Nada más lejos de la afirmación de la vida, tal como Nietzsche la entiende, que un cómodo y aburguesado aferramiento a los pequeños placeres que la vida puede depararnos.
La expresión “Dios ha muerto” significa no sólo la perdida de la fe en la existencia de Dios. Por “Dios” hay que entender el Ideal moral que sustenta la cultura occidental y, por tanto, la “muerte de Dios” significa el derrumbamiento de esta moral, la caída de los valores sobre los que se ha edificado nuestra cultura. Por ello habla Nietzsche de esta “muerte de Dios” como de un “eclipse” y también una nueva “aurora”: es el suceso que marca una etapa de la humanidad y, a la vez, la promesa de una etapa nueva edificada sobre nuevos valores.
Para Nietzsche, lo que considera “objetividad” de los valores no es más que una proyección que realiza el hombre pero que luego olvida. La vida humana es creación de valores, pero con frecuencia se desconoce esta creación y se acepta lo que la vida misma ha creado como si viniera impuesto desde fuera, admitiéndose así la obligatoriedad de la ley moral, de lo que resulta una autoalienación del hombre.
Nietzsche se propone eliminar el dogmatismo teórico de los valores haciendo ver cómo el hombre crea estos valores, mostrando que detrás de todos los sistemas de valores se encuentra algo irracional: la “vida”, el “juego de la vida”, que Nietzsche entiende como “voluntad de poder”. Se trata de un impulso (de carácter no consciente) de todo lo viviente a superarse, a dar formas nuevas y más elevadas de vida y a dejar expansionarse libremente su fuerza y su energía. Aceptar esto supone invertir el sistema de valores dominantes, y así, mediante esta transmutación de los valores, busca eliminar la autoalienación de la existencia.
De modo que, atendiendo al contenido, habría sistemas de valores que son conformes a la esencia de la vida y otros contrarios a ella (morales de la decadencia de la vida). El rango de una moral se define por la manera cómo se ajusta a la voluntad de poder y hasta dónde reconoce a ésta como principio de la creación de valores. El problema de la moral es un problema de adecuación a la voluntad de poder, que es la esencia de la vida; la vida es, por tanto, el fundamento último de todos los valores; éstos sólo existen en la medida en que la vida los dicta.
Lo apolíneo y lo dionisíaco. La visión trágica del mundo.
Nietzsche ve en el fenómeno de lo trágico la verdadera naturaleza de la realidad. La visión trágica del mundo nos presenta a éste como una realidad en la que la vida y la muerte, el nacimiento y la decadencia son sólo dos aspectos de una realidad: la vida; “el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo”, había dicho Heráclito.
A este vaivén de la vida es a lo que Nietzsche llama la “contraposición de lo apolíneo y lo dionisíaco”, contraposición que encuentra reflejada en la tragedia griega.
Según Nietzsche, la cultura griega había sido dominada por dos fuerzas estratégicas antagónicas que se combaten mutuamente, pero que no pueden existir la una sin la otra: lo “apolíneo”, vinculado a las artes figurativas, que han de realizarse en formas acabadas, espaciales, y que representa el orden, la luz, la medida, el límite y lo “dionisíaco”, vinculado a las artes rítmicas, temporales, nunca terminadas, que necesitan ser conformadas en cada recreación, y que es el símbolo del flujo profundo de la vida misma (de ahí que Nietzsche llegue a dar a la vida el nombre de Dionisos), que rompe todas las barreras e ignora todas las limitaciones. Este dios que, según la mitología, nace y muere de forma continua y cíclica, con su perpetuo morir y renacer simboliza la vida, la fertilidad, la primavera, siempre renacientes tras la muerte, la esterilidad, el invierno. En las fiestas y orgías sexuales dedicadas a este dios, celebraría el griego la vida y la exaltaría junto con el dolor que siempre la acompaña y del cual nace.
En la tragedia antigua es donde se da la unificación de lo dionisíaco (representado por el coro) y lo apolíneo (la escenificación teatral: la belleza a través de la forma), pues ésta nace de estos dos impulsos contrarios, pero a la vez complementarios. El arte y la tragedia son interpretados como obras con un contenido dionisíaco al que se le ha dado la belleza de la forma apolínea. Lo trágico es, pues, para Nietzsche, un principio cósmico y la tragedia es la “llave”, la “clave” que proporciona la comprensión del mismo, pues toda tragedia revela la unidad de lo existente.La vida, al implicar esta contradicción, no puede ser captada por la razón, no es posible una comprensión conceptual de la misma. El método de captación de esta realidad es la intuición, que Nietzsche entiende como visión artística, como una especie de adivinación, de mirada que penetra como un rayo en la esencia de las cosas. Sólo por este método se puede captar ese fondo oscuro y profundo que es la vida. La Filosofía se convierte, pues, en Arte: una mirada que penetra en la lucha originaria de los principios antagónicos de Dionisos y Apolo, visión de la batalla entre el fondo vital informe, que engendra todo y que todo lo devora y el reino luminoso de las figuras estables. Visión de la lucha eterna entre unidad (del proceso) e individualidad.
Crítica de la cultura occidental.
Pero con la racionalidad socrática llegó, según Nietzsche, la decadencia de la cultura griega y de la auténtica Filosofía y comenzó la época de la razón y del hombre teórico. Con la aparición se Sócrates, Platón y el Cristianismo el espíritu dionisíaco fue combatido y perseguido y empezó, con la renuncia a la vida, la decadencia del pueblo griego. Se situó en primer plano a Apolo, que es el dios de la medida, un dios que reprime los valores vitales. Este cambio se vincula a la aparición de la conciencia en Sócrates, a la concepción de verdad objetiva, que es común y universal y a una metafísica dualista en la que todo lo que esté vinculado al cuerpo se valora de forma negativa. Platón ha sido el primero en inventar un “ultramundo” distante al separar el “mundo de las Ideas” del “mundo sensible”, convirtiendo a éste en falso y aparente y siendo aquél el verdadero y valioso. Esta metafísica vinculada a Apolo va a ser utilizada por San Pablo y la religiones monoteístas judías. Para Nietzsche la historia de la Filosofía no es más que la historia de las diversas formas que esta separación ha adoptado. Por ejemplo, Kant, quien sólo sería un “cristiano alevoso”, ha convertido esta separación en la de “fenómeno” y “noúmeno”. Con Sócrates, pues, Grecia habría perdido su seguridad instintiva.
En este sentido, la filosofía de Nietzsche se orienta a la vuelta al politeísmo, a situar en primer plano los valores vitales y el cuerpo, al que llama la “gran razón” y que constituye el verdadero “yo” del hombre, ya que la existencia del hombre es enteramente terrena. La reivindicación de la naturaleza terrestre del hombre está implícita en la aceptación total de la vida que es propia del espíritu dionisíaco (Dionisos estaba vinculado a los cultos órficos, donde las pasiones -lo irracional- tenían una manifestación en alto grado).
La actitud contraria a la afirmación dionisíaca va a ser llamada por Nietzsche “decadencia” o lo que es lo mismo, “nihilismo”, instinto degenerativo, etc. Síntomas de esa actitud son la renuncia a aspirar a nada más elevado, el aferrarse a la felicidad y a los pequeños placeres, el huir de los dolores o lamentarse de ellos. Precisamente estos síntomas se advierten en la cultura occidental. El primer tipo de “decadente” es, pues, el hombre moderno, que Nietzsche llamará el “último hombre” y que quizá equivaldría a lo que hoy se conoce como “hombre-masa”, pues lo describe como mediocre, servil, gregario, despersonalizado, modesto, manso, etc. “Tener que combatir los instintos -ésa es la fórmula de la decadence: mientras la vida asciende es felicidad igual a instinto”.
Considera nihilista la actitud cristiana ante la vida, según la cual los males del mundo son un castigo por sus pecados, o una vía ascética para alcanzar una vida buena, feliz, bienaventurada, pero que no se identifica con ésta, sino que es más bien su antítesis. Por ello enfrentará en sus últimas obras a Dionisos contra el Crucificado, tomando ambos dioses como símbolos de actitudes vitales opuestas. El Dios cristiano, opuesto irreductiblemente al mundo, símbolo de un más allá enfrentado a la vida, es la “fórmula de toda calumnia de “más acá” enfrentado a la vida”, la “divinización de la nada”. Los dioses griegos no habían asumido ese papel de ser antítesis de esta vida. Así, los dioses del Olimpo griego, antropomórficamente concebidos, que se enamoran y luchan y padecen las mismas pasiones que atormentan a los hombres, representan una divinización de la vida; estos dioses “justifican la vida humana viviéndola ellos también”.
La “Muerte de Dios” puede no ser liberadora si el hombre no cobra conciencia de que ahora es libre creador de valores y olvida que hay nuevas metas que lograr, que ahora él mismo debería convertirse en dios. Se trata de un acontecimiento dramático porque arroja sobre los hombros del ser humano la más grave de las responsabilidades: sustituir las antiguas metas por otras nuevas, sustituir a Dios por el Superhombre. El hombre puede no tener suficiente fortaleza espiritual para aceptar este hecho y quizá considere ahora la existencia ahogada por el absurdo, por la falta de metas. La vida puede aparecer entonces como un gran “¡todo es vano!”. Con la muerte de Dios una terrible amenaza gravita sobre la humanidad: la amenaza del nihilismo.
Ya hemos visto uno de los sentidos del nihilismo: negación de la vida. Nihilismo es también la caída de los valores que sustentan una cultura y la situación en que ésta queda cuando aún no ha encontrado los valores y metas que sustituyan a los antiguos. En este sentido el nihilismo adquiere la forma de un eclipse, de un atardecer, de un ocaso, porque es el languidecimiento de unos valores sin que otros nuevos asomen en lontananza.
Pero Nietzsche distinguió todavía este nihilismo pasivo de un nihilismo activo. En este último hay una activa demolición de los viejos ideales caducos que Nietzsche valora de forma positiva porque la actividad de crear valores, la construcción de nuevas tablas de valores, no es posible si primero no se procede a la destrucción de los antiguos, y así el nihilismo activo sería un preparador del terreno al creador de nuevos valores. Esta idea la expresa Nietzsche a través de una fábula en la que el camello, el nihilista pasivo que ha echado sobre sus hombros pesos inmensos, dará paso al león, el nihilista activo que rompe con los valores establecidos, y éste a su vez dará paso al niño, al superhombre, que será el que cree nuevos valores.
En este sentido, el propio Nietzsche reconoció en algún fragmento póstumo ser él mismo nihilista.
Toda la filosofía de Nietzsche se dedicará a demostrar la necesidad de la vuelta al instinto trágico, a la temática de la “muerte de Dios”. Esto, llevado a sus últimas consecuencias, significará la aparición de un nuevo tipo de hombre, que en su obre Zaratustra llama “Superhombre”, que será el que rompa con todos los valores establecidos, él será el que realice la “muerte de Dios”, pues su Dios será él mismo. El tema del Superhombre se convertirá en una metafísica del artista que creará sus propios valores, que está haciendo patente su voluntad de poder o de dominio. La vitalidad del superhombre se manifestará en su aceptación y afirmación dionisíaca del mundo. A la tristeza de las virtudes cristianas el hombre superior contrapone su alegría de vivir.
El superhombre tiene, además, como suprema tarea, la creación de nuevos valores que sean los inversos de los que hasta ahora han prevalecido y que eran propios de la moral del rebaño. Esta suprema tarea fue llamada por Nietzsche “transvaloración de todos los valores”, construcción de “nuevas tablas”.
Además de las ideas expuestas, el tema central del Así habló Zaratustra lo constituye la doctrina del “eterno retorno” de todas las cosas, la afirmación de que todo retornará idénticamente una y otra vez.
Nietzsche renunció a demostrar científicamente esta doctrina, presentándola como una “revelación” o inspiración súbita. En tal caso, esta doctrina parece ser sólo una fórmula para expresar la afirmación de la vida, pues implica que se la acepta tal como es, sin correcciones ni enmiendas, idéntica una y otra vez, por toda la eternidad. El hombre superior sería el que, al contemplar la vida, fuese capaz de decir: “¿era esto la vida? Pues bien: ¡otra vez!”.
Como las verdades anteriores, también ésta puede ser terrible para el hombre sin fortaleza anímica, pues una de sus consecuencia es que todo lo doloroso, bajo y mezquino es tan eterno como sus contrarios. Para el hombre superior presenta otro aspecto, pues le impone el imperativo de que sus actos sean lo bastante nobles y grandiosos para merecer esa eternidad. Por ello, la aceptación gozosa del eterno retorno es otra señal de la grandeza del hombre superior: “Mi fórmula para expresar la grandeza del hombre es amor fati (amor al destino): el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo..., sino amarlo.”