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Corrientes
oceánicas y circulación termohalina
El
sistema de corrientes
Mecanismos
de hundimiento: la importancia de la salinidad y de la temperatura
El
transporte de calor
Las
corrientes profundas
¿Está
variando la circulación atlántica?
Debilitamiento
durante las glaciaciones
Los casos
preocupantes del Younger Dryas y del episodio de enfriamiento del
8.200 BP
Referencias
El
sistema de corrientes
Desde hace unas cuantas décadas
se sabe que la estructura de las corrientes marinas a escala global
es tridimensional, con movimientos horizontales en los que el viento
juega un importante papel y con movimientos verticales, en los que
la salinidad y las temperaturas son las fuerzas impulsoras. Las corrientes
superficiales, observadas y estudiadas desde hace siglos, están
por lo tanto ligadas, por movimientos convectivos de agua, a corrientes
profundas de características mucho menos conocidas pero cuyo
estudio en los últimos años ha recibido un fuerte impulso
debido a su importancia oceánica y climática.
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Figura 1. Corrientes superficiales en el Atlántico Norte
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Hasta hace poco tiempo,
los libros de texto escolares solían simplificar el tema de
las corrientes marinas y solamente tenían en cuenta el estudio
de las corrientes superficiales. De esta forma se ha solido enseñar
que en el Atlántico Norte las corrientes principales forman
circuitos de aguas cálidas y frías, cuyo principal giro,
que bordea al anticiclón de las Bermudas/Azores, está
compuesto por el trío de la corriente del Golfo (Gulf Stream),
la corriente de Portugal y Canarias, y la deriva Norecuatorial, que
lo cierra al llegar al Caribe. Sin embargo, si añadimos al
sistema de corrientes superficiales del Atlántico Norte el
caudal aportado por la corriente del Norte de Brasil nos encontramos
con una primera complicación, ya que no existe una corriente
semejante en superficie que devuelva todo ese caudal al Atlántico
Sur. Existe así un transporte neto superficial de agua desde
el Atlántico Sur al Atlántico Norte que indica que esos
circuitos cerrados superficiales son insuficientes para explicar el
sistema.
La corriente del Norte de Brasil, alimentada por la corriente surecuatorial,
es una corriente importante, que no ha recibido en la explicación
de las corrientes marinas la consideración que se merece. Los
anillos de giro anticiclónico que se forman en ella y que cruzan
el Ecuador frente al nordeste brasileño, aportan un considerable
caudal neto al Atlántico Norte, de unos 15 Sv aproximadamente
(estas mediciones son muy aproximadas; algunas medidas dan un caudal
superior: 9 Sv en Marzo y 36 Sv en Julio), es decir, el equivalente
a unas 100 veces o más el caudal del Amazonas en su desembocadura
(1 Sverdrup es un caudal de 1 millón de metros cúbicos
por segundo). Este flujo llegado del hemisferio sur al hemisferio
norte se junta con un flujo tropical difuso de otros 15 Sv que llega
al Caribe proveniente del este y del nordeste, alimentado en parte
por la corriente de Canarias, con lo que el caudal total de la Corriente
del Golfo que inicia su recorrido al norte de Cuba suma unos 30 Sv
nota:
no consideramos en el balance la ganancia de agua que entra al Artico
desde el Pacífico a través del estrecho de Bering y
que luego pasa al Atántico a través del estrecho de
Fram (entre Groenlandia y las Svalbard) y por los estrechos del archipiélago
canadiense (estrecho de Nares, entre la isla de Ellesmere y Groenlandia,
especialmente). Tampoco tenemos en cuenta la pérdida de agua
por el exceso de la evaporación sobre la precipitación
y la escorrentía de los ríos en el Atlántico
Norte. Estos flujos,
de ganacia y pérdida respectivamente, son
inferiores a 1 Sv anual y más o menos se
compensan.
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Figura 2. Esquema
aproximado de la circulación termohalina en el Atlántico.
No se representa en la figura el hundimiento de agua en algunas zonas
próximas a la Antártida (Mar de Wedell y Ross). Tampoco
se tiene en cuenta aquí la entrada de agua del Pacífico
al Atlántico, vía el Artico, y que puede ser de aproximadamente
de 1 Sv. Tampoco la pérdida neta, inferior a 1 Sv, de agua evaporada
que supera en el Atlántico Norte al aporte de la precipitación
y de los ríos. (1 Sv= 1 millón de metrso cúbicos
por segundo).
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¿Pero qué ocurre
con el agua excedentaria que ha llegado del sur al Atlántico
Norte? Pues que la Corriente del Golfo la transporta hacia el nordeste,
y al llegar al extremo septentrional del Atlántico, a los Mares
Nórdicos, aumenta su densidad por enfriamiento y se hunde.
Desde allí, por niveles profundos e intermedios, vuelve hacia
el hemisferio sur. Se forma así en el Atlántico una
especie de cinta rodante (conveyor belt), con un flujo neto positivo
hacia el norte en superficie y con un flujo neto positivo hacia el
sur en las profundidades.
Esta circulación (llamada también MOC, meridional overturning
circulation, circulación meridiana volteante) funciona de forma
continua. Su rodillo impulsor se encuentra en los Mares Nórdicos
y en el Mar de Labrador. Los Mares Nórdicos —nombre de
reciente acuñación (a no confundir con el Mar del Norte)—
se encuentran en la zona subpolar del Atlántico, al norte del
paralelo que pasa por Groenlandia-Islandia-Noruega. Por eso a veces
se les llama también (con un poco de humor etílico)
mares GIN (Greenland- Iceland- Norway). Por otra parte, el Mar de
Labrador, que es también una zona de hundimiento, se ubica
al sur de Groenlandia y al este de la Península de Labrador.

Figura
3. Los Mares Nórdicos
Mecanismos
de hundimiento: la importancia de la salinidad y de la temperatura
La salinidad y la temperatura
del agua juegan un papel crucial en el funcionamiento de esta cinta
rodante. Cuando las aguas transportadas por la Corriente del Golfo
llegan a los Mares Nórdicos, su temperatura media, que era
de 10 ºC en el paralelo 50 ºN, pasa a ser solamente de unos 3ºC en
el paralelo 65 ºN. Por enfriamiento y contracción térmica,
adquieren una densidad alta y acaban hundiéndose, dejando espacio
para la llegada desde el sur de nuevas masas de agua.
El fenómeno de hundimiento por convección que se produce
en aquellos mares septentrionales se intensifica al comienzo del invierno
por el aumento de la salinidad. Ocurre que cada otoño-invierno,
durante la formación de los hielos marinos en áreas
subárticas, hay una suelta de sal y se forma, bajo la banquisa
de hielo, una masa de agua fría y muy salada que se hunde y
contribuye a la formación del agua profunda del Atlántico
Norte.

Figura
4. Formación de agua profunda en los mares subpolares
¿Por qué el
fenómeno es especialmente significativo en el Atlántico?
Ocurre que el Atlántico Norte es bastante más cálido
y salado que el Pacífico Norte. Así, en la franja latitudinal
45 ºN – 60 ºN, el Atlántico Norte tiene una temperatura
media superficial de 10 ºC y una salinidad de 34,9‰, mientras
que el Pacífico Norte tiene una temperatura de 6,7ºC y una
salinidad de 32,8 ‰.

Figura
5. Salinidad oceánica en superficie (en gramos de sal por kg
de agua)
La alta salinidad del Atlántico se explica porque el volumen
de agua evaporada supera ampliamente al volumen de agua aportado por
las precipitaciones y las escorrentías de los ríos que
desembocan en ese océano. Por el contrario, en el Pacífico,
los sistemas montañosos del oeste americano provocan lluvias
abundantes y hacen de barrera a la penetración de la humedad
en el continente. El agua evaporada del Pacífico que los vientos
del oeste llevan hacia Norteamérica, produce copiosas lluvias
costeras y vuelve a ese océano sin apenas penetrar en el continente
americano. Por el contrario, en Europa no existen esas barreras topográficas
y gran parte de la humedad atlántica acarreada por vientos
del oeste pasa de largo y se aleja hacia Asia, sin ser recuperada
por el océano Atlántico.
Además, otro motivo de la mayor salinidad del Atlántico
Norte es que el agua evaporada en la región anticiclónica
subtropical, que se extiende de las Bermudas a las Azores, es traspasado
en gran medida al Pacífico, llevado por los vientos alisios
tropicales que atraviesan el istmo de Panamá. La evaporación
en el Atlántico y el trasvase atmosférico del vapor
hacia el Pacífico, hace que aumente la salinidad de las aguas
tropicales atlánticas.
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El
transporte de calor
Las corrientes marinas —en especial la Corriente del Golfo (Gulf
Stream) juegan un papel muy importante en la distribución
latitudinal del calor. Gran parte del calor excedentario que se recibe
en el Trópico —radiación solar entrante menos
radiación infrarroja saliente— es transportado hacia
otras latitudes deficitarias. Gracias a la corriente marina, el aire
seco y frío que sale del continente americano impulsado por
los vientos del oeste se carga de humedad y calor a su paso por el
Atlántico Norte y llega templado y húmedo a las tierras
de Europa.
En 1991, un modelo climático de Manabe y colaboradores, en
el que se jugaba con un sistema acoplado atmósfera-océano,
predijo que un cambio en la circulación oceánica del
Atlántico Norte podía provocar un enfriamiento de Europa
(Manabe, 1991). La hipótesis original, retomada más
tarde por otros modelistas, era que por un feedback negativo, consistente
esencialmente en un frenado de la Corriente del Golfo, se produciría
el enfriamiento en el continente. Esto ocurriría porque el
calentamiento provocado por el efecto invernadero haría que
aumentase el transporte aéreo de agua desde las latitudes tropicales
a las latitudes medias y altas. Así, aumentarían las
precipitaciones septentrionales y la escorrentía de los ríos
que desembocan en el Atlántico Norte, con lo cual, los aportes
fluviales de agua dulce harían perder salinidad a las aguas
marinas y harían menos eficiente el proceso de hundimiento
del agua superficial que tiene lugar en los Mares Nórdicos.
Finalmente, el sistema termohalino de corrientes se debilitaría,
disminuiría la fuerza de la Corriente del Golfo y serían
más fríos los inviernos en las latitudes medias y altas
del continente euroasiático.
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Figura
6. Transferencia media anual de calor en el Atlántico Norte del
mar a la atmósfera (en watios/metros cuadrado)
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Pero es aún difícil cuantificar
y comparar este calor transportado hacia Europa vía marítima
con el calor que transportan las corrientes de aire. Aunque es cierto
que el clima europeo, especialmente en invierno, sería más
frío sin la Corriente del Golfo, no hay que exagerar, pues
las corrientes de aire que llegan a la costa de Europa lo hacen
predominantemente desde el suroeste, tras cruzar el Atlántico
por latitudes bastante bajas, y por esta razón llegan bastante
templadas. Esta dirección del suroeste es debida a la onda
que las Montañas Rocosas imprimen en los vientos del oeste
antes de que crucen el Atlántico. El profesor Richard Seager,
de la Universidad de Columbia, ha llamado la atención recientemente
sobre la importancia de este meandro producido por las Rocosas en
el clima europeo y ha criticado la exageración de considerar
a la corriente del Golfo como la única responsable del clima
benigno del noroeste de Europa (en comparación, por ejemplo,
con el clima muy frío de Alaska) (Seager, 2003).
Todavía es motivo de discusión y de incertidumbre
las proporciones en que se reparte ese calor que llega a las costas
de Europa, vía aérea o vía marítima.
Según el profesor Harry Bryden una tercera parte correspondería
a la Corriente del Golfo, otra tercera parte al calor sensible del
aire transportado por los vientos del suroeste —que soplan
sobre todo en la parte oriental de las borrascas atlánticas—
y otra tercera y última parte sería debida al calor
latente que libera el vapor de agua al condensarse y que es es también
transportado hacia el norte por esos vientos del suroeste. Para
Wunsch el océano solamente acarrea hacia el norte al atravesar
las latitudes templadas un 10% del calor neto transportado (lo
que representa de todas maneras, un forzamiento dradiativo de 9
W/m2, es decir, mayor que el que se produciría de duplicarse
la concentración de CO2 (Drijfhout, 2006)).
Hay que señalar aquí la
importancia secundaria climática de este vapor procedente
de la región subtropical atlántica, que no sólo
es fuente de calor, sino también de nieve y que, además,
va a aportar agua dulce al norte del Atlántico, rebajando
la salinidad de la superficie marina y repercutiendo así
en la intensidad del hundimiento del agua en los Mares Nórdicos
(Bryden et al. 2001).
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Las
corrientes profundas
El volumen de la masa de
agua profunda que se produce en el Mar de Labrador y en los Mares
Nórdicos, que suele ser denominada con el acrónimo NADW
(North Atlantic Deep Water, agua profunda del Atlántico Norte)
es enorme. Su caudal, o ritmo de producción, es de unos 15
Sv (Ganachaud, 2000). Dentro de la NADW puede distinguirse una NADW
inferior, más profunda, originada esencialmente en los Mares
Nórdicos e inicialmente muy fría, y otra superior, en
aguas intermedias, proveniente del Mar de Labrador y sur de Groenlandia,
algo más cálida (Orsi, 2001).
El caudal principal de esta corriente profunda avanza hacia el sur
por la zona occidental del océano Atlántico y cruza
el Ecuador hasta llegar a la Antártida. Desde allí penetra
en el Indico y posteriormente se extiende por las profundidades del
inmenso Pacífico. Para una molécula de agua que realice
el viaje completo antes de aflorar en superficie la travesía
puede durar mil años.
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Figura
7. Corte vertical esquematico de las aguas y corrientes profundas en el
Atlantico en la actualidad.
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También se forma agua
profunda, más fría que la del hemisferio norte, en los
mares de la plataforma de la Antártida, especialmente bajo
las banquisas del mar de Wedell y del mar de Ross. Todos los inviernos,
los fuertes vientos catabáticos que salen del continente empujan
mar adentro a los hielos que se van formando en la costa. De esta
manera, en las zonas costeras que quedan temporalmente libres de hielo,
llamadas polynyas, se renueva continuamente un proceso de congelación,
lo que permite que al final de cada temporada la suma del hielo formado
en esos lugares haya sido superior a los 10 metros, frente a solamente
1 metro mar adentro (Grigg, 2001). La sal rechazada saliniza el agua
muy fría de la costa, la densifica, y forma una masa de agua
profunda todavía más densa que la NADW. Es la llamada
AABW (Antarctic Bottom Water), agua de fondo de la Antártida,
que en su traslación por las profundidades hacia el norte llega
hasta una latitud de unos 40 ºN, y lo hace metiéndose en cuña
por debajo de la NADW, procedente del norte
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Figura 8. Polynias
en la Antártida
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Las estimaciones del caudal
de la AABW varían entre 2 Sv y 9 Sv, si bien en épocas
más frías podía llegar hasta los 15 Sv. Según
Broecker existe una conexión entre la producción de
NADW en los Mares Nórdicos y la producción de AABW en
la Antártida, de tal forma que cuando una aumenta, la otra
disminuye, y viceversa. De todas formas este esquema de la circulación
oceánica es aún más complicado, porque, aparte
de estas masas de aguas, NADW y AABW, existen otras corrientes de
aguas intermedias que también pueden formar sus propios circuitos
y jugar un papel importante en los cambios climáticos. Tal
es el caso de la AAIW (Agua Intermedia Antártica) que se forma
especialmente frente a la costa occidental de América del Sur
y que parece jugar un papel relevante en la distribución de
calor y sal en el Pacífico. Sus variaciones parecen estar ligadas
además, en escalas multiseculares, a las variaciones bien estudiadas
del Atlántico Norte (Pahnke, 2005).
Así como existen zonas en donde el agua superficial se hunde,
existen también, aunque se localizan de forma más difusa,
zonas de afloramiento (upwelling) de aguas profundas. Estas se situan
en zonas de divergencia de aguas superficiales, que suelen ser reemplazadas
por aguas ascendentes más profundas. Una extensa zona de upwelling
es la franja ecuatorial del Pacífico Oriental, en donde el
agua superficial, movida por los alisios, tiende a diverger hacia
el norte y hacia el sur, dejando un hueco que es rellenado por aguas
ascendentes. También se producen afloramientos en las costas
en donde las aguas superficiales, por efecto de los vientos y de la
rotación terrestre, tienden a alejarse mar adentro. Ocurre
esto especialmente en los cuatro márgenes orientales de las
cuencas océanicas del Atlántico (norte y sur) y del
Pacífico (norte y sur). A lo largo de estas costas los afloramientos
dan lugar a la aparicion de corrientes de aguas frías (Canarias
y Benguela, en el Atlántico; California y Humboldt, en el Pacífico).

Afloramiento de agua fría
profunda entre Canarias y el Sahara
Algunos análisis de
sedimentos oceánicos muestran que estos afloramientos se intensificaron
a comienzos del Pleistoceno, cuando el cierre del istmo de Panamá
reorganizó las corrientes oceánicas, lo que quizás
tuvo influencia en el enfriamiento cuaternario (Marlow, 2001).
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¿Está
variando la circulación atlántica?
Así como los ciclos de ocurrencia del Niño afectan,
sobre todo, a la parte superior del océano, es también
posible que existan ciclos seculares o milenarios que afecten a
las corrientes profundas, especialmente a las del Atlántico.
El oceanógrafo Wallace Broecker cree que la formación
del agua profunda atlántica, que se produce en los Mares
Nórdicos y en los mares meridionales que circundan la Antártida,
particularmente en el mar de Wedell, varía cíclicamente,
aumentando alternativamente el caudal de una u otra fuente (norte
o sur). Broecker cree que durante el siglo XX la producción
de agua profunda en los Mares del Sur ha disminuído considerablemente,
lo que históricamente debe corresponderse con un aumento
de la producción de agua profunda en el norte del Atlántico.
Esto provocaría un mayor empuje de la Corriente del Golfo
y, por lo tanto, un calentamiento del Atlántico Norte. De
confirmarse el fenómeno, el calentamiento del hemisferio
norte se explicaría más por este ciclo oceánico
que por el aumento de los gases invernadero (Broecker, 1999).
Recientemente, sin embargo, se ha barajado la hipótesis contraria,
que la circulación termohalina ha perdido fuerza (Bryden,
2005), que casa bien con la disminución de la salinidad de
las zonas septentrionales del Atlántico Norte (Rhines, 2006).
Quizás el signo positivo del índice atmosférico
NAO (North Atlantic Oscillation) durante la década de los
90 y principios de este siglo haya contribuido a una dulcificación
de las aguas profundas del mar de Labrador y de los Mares Nórdicos.
Ocurre que un índice NAO o AO positivo se corresponde con
unos vientos del oeste más intensos, que a su vez causan
una mayor exportación de hielo desde el Artico hacia los
Mares Nórdicos a través del estrecho de Fram. Como
el hielo es agua dulce, su fusión ocasiona una desalinización
del agua superficial marina y un debilitamiento del hundimiento
y de la circulación termohalina. Algunas estimaciones indican
que entre 1965 y 1995 un flujo extra equivalente a 19.000 kilómetros
cúbicos de agua dulce llegó a los Mares Nórdicos
procedente del hielo del Artico (Curry, R. and C. Mauritzen, 2005).
Aunque algunos autores recientemente lo han puesto en duda, también
parece existir un ciclo térmico de calentamiento y enfriamiento
en las aguas superficiales del Atlántico Norte, entre 0 y
70ºN, denominado AMO (Atlantic Multidecadal Oscillation), con un
período de 65/80 años y una amplitud de unos 0,5ºC.
Esta oscilación parece estar relacionada con las variaciones
en la intensidad de la circulación termohalina (Kerr, 2000;
Knight, 2005). También hay estudios estadísticos que
muestran que las temperaturas del norte del Atlántico están
correlacionadas con la intensidad de los vientos alisios que recorren
el Atlántico tropical. Estudios detallados de las varvas
sedimentarias de la cuenca de Cariaco, en Venezuela, que permiten
determinar los años en los que los alisios son más
intensos (mayor upwelling y abundancia de Globigerina bulloides),
indican una alta correlación con las anomalías térmicas
en el Atlántico Norte. Cuando los vientos alisios en Atlántico
tropical son más intensos, las temperaturas marinas en el
norte del Atlántico decrecen. Existe así, probablemente,
una relación entre lo que ocurre en el Atlántico Tropical
y la variabilidad climática en el Atlántico Norte
(Black,1999).
Hay que considerar también la posibilidad de que el propio
sistema de corrientes termohalinas presente inestabilidades internas,
y que responda a un cierto comportamiento caótico. Por ejemplo
imaginemos un estado inicial en el que la corriente termohalina
del Atlantico Norte funciona normalmente. El agua salada superficial
avanza hacia el norte, se enfría al estancarse en los Mares
Nórdicos y se hunde. Pues bien, en un momento posterior,
podría ocurrir que, si la cinta alcanzase demasiada velocidad,
el intervalo de tiempo que la masa de agua superficial tiene para
evaporar agua sería menor. Disminuiría el total evaporado
y, en consecuencia, disminuiría también la salinidad
y densidad de la Corriente del Golfo, con lo que ya no sería
tan eficiente el motor de hundimiento de agua en los Mares Nórdicos.
La cinta transportadora atlántica perdería fuerza:
quizás el agua superficial no llegase tan al norte y la zona
de hundimiento se desplazase más al sur; o, quizás,
no se llegase a formar agua profunda, sino únicamente intermedia.
Sea como fuese, el sistema, por sí mismo, pasaría
a funcionar de forma diferente, hasta que de nuevo, por un proceso
inverso, se restableciese el movimiento inicial de las corrientes.
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Debilitamiento
durante las glaciaciones
El debilitamiento de la Corriente
del Golfo, provocado a su vez por un debilitamiento de todo el sistema
de corrientes termohalino, provocaba durante las glaciaciones un enfriamiento
en todo el Atlántico, y probablemente en todo el globo (Clark,
2002)
Parece probable que durante las glaciaciones y los períodos
más fríos del Pleistoceno la circulación termohalina
perdía fuerza al fallar el mecanismo de hundimiento del agua
en los Mares Nórdicos, motivado por la disminución de
la salinidad de las aguas superficiales (Broecker, 1985). Al norte
del paralelo 50ºN, la cinta transportadora se trababa y no funcionaba,
o bien lo hacía con menor intensidad. De todas formas, incluso
en los períodos más fríos de las glaciaciones,
la formación de hielo invernal permitía que se mantuviese
siempre en el Atlántico Norte una cierta producción
de agua profunda (Dokken, 1999).
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En los interestadiales cálidos
(episodios Dansgaard-Oeschger) y, sobre todo, en los interglaciares,
la circulación se recuperaba temporalmente con toda su fuerza.
Por lo tanto, en un ciclo oscilante se pasaba de una vigorosa producción
de agua profunda durante los interglaciares, tal y como ocurre en
la actualidad, a una mucho más débil producción
durante los períodos fríos de las glaciaciones. En estas
épocas frías probablemente fallaba sobre todo la producción
de NADW inferior, la que tiene su origen en los Mares Nórdicos,
pero más al sur seguiría produciéndose NADW superior,
que no circulaba por el fondo sino por un nivel intermedio (Bond,
1995). Por el contrario, en los interglaciares muy cálidos,
como el interglacial Eemiense, hace 120.000 años —que
fue más cálido que el actual Holoceno—, toda la
producción de NADW se localizaba en los Mares Nórdicos
y fallaba la del Mar de Labrador (Hillaire-Marcel, 2001).
Por otra parte, en compensación por la baja producción
de agua profunda en el Atlántico Norte, la corriente de agua
procedente de la Antártida, AABW, llegaba en los momentos álgidos
de la Ultima Glaciación bastante más al norte que hoy
día. Los modelos informáticos sobre la circulación
en el Atlántico se acomodan bien a las pruebas empíricas
de este oscilante comportamiento de las corrientes termohalinas NADW
y AABW (Fichefet, 1994). Este desfase hemisférico puede estar
en el origen del desfase existente en ciertos ciclos milenarios de
la Ultima Glaciación, como el de los eventos Dangaard-Oescheger
y eventos Heinrich. De todas formas, esta teoría oscilatoria
no deja de tener sus problemas. Uno de ellos es que las aguas tropicales,
según la última termometría de los corales, también
se enfriaron bastante, unos 5ºC grados, en el Ultimo Máximo
Glacial, lo cual no casa bien con el parón de las corrientes
superficiales en el Atlántico. Si durante la glaciación
el intercambio latitudinal de calor por parte de las corrientes marinas
hubiese sido menos intenso, las aguas tropicales deberían haber
conservado todo su calor y no deberían haberse enfriado tanto.
A no ser que el enfriamiento de superficie se produjese por un mayor
afloramiento de aguas profundas frías, motivado por unos alisios
más intensos.
Los casos preocupantes del
Younger Dryas y del episodio de enfriamiento del 8.200 BP
En los últimos años a la preocupación por el
calentamiento global se ha añadido el temor de que un parón
abrupto de la Corriente del Golfo pudiese ocasionar un brusco enfriamiento
de Europa semejante al que ocurrió durante el Younger Dryas,
hacia el 13.000 BP. La glaciación parecía ya haber acabado
cuando bastante súbitamente el clima del Atlántico se
enfrió, repercutiendo luego el enfriamiento a escala casi global.
Las causas iniciales del brusco enfriamiento del Younger Dryas siguen
siendo bastante inciertas. En aquella época, hace 13.000 años,
la insolación estival en el hemisferio norte era mayor que
la actual y continuaba aumentando (al máximo se llegaría
en el 11.000 BP). Por lo tanto, no había un motivo astronómico,
derivado de los ciclos de Milankovitch, para tal enfriamiento. Probablemente,
la clave del evento estuvo en el Atlántico. Se sabe que el
sistema de corrientes del Atlántico de nuevo se debilitó
y las aguas superficiales polares avanzaron hacia el sur, hasta la
latitud de la Península Ibérica. La microfauna fósil
de los sedimentos marinos frente a las costas de Lisboa indica un
enfriamiento de unos 10ºC en la temperatura del agua superficial.
La aparición en los sedimentos oceánicos de las latitudes
medias del Atlántico Norte de foraminíferos de aguas
polares, como la Neogloboquadrina Pachyderma de cola levógira,
y de derrubios terrígenos transportados por icebergs y depositados
en el fondo del mar, son muestra del enfriamiento agudo que se produjo
durante el Younger Dryas, entre el 13.000 BP y el 11.500 BP aproximadamente.
Una hipótesis sobre lo que pudo ocurrir en el Atlántico
Norte, ideada por el oceanógrafo Wallace Broecker, es la siguiente.
Al comienzo de la desglaciación, en el período cálido
Bølling-Allerød, la progresiva fusión de los
hielos del manto Laurentino había ido formando en su borde
meridional un gran lago de agua dulce, el lago Agassiz, al oeste de
la región que hoy ocupan los grandes lagos americanos. Este
lago tenía una salida de aguas hacia el sur, a través
del río Mississippi, que acababa desembocando en el Golfo de
México (Broecker, 1989).
Pero rápidamente, cuando se derritió una barrera de
hielo del borde oriental del lago, que cortaba hasta entonces su comunicación
con el Atlántico Norte, las aguas dulces comenzaron a desagüar
allí a través del canal de San Lorenzo, en Quebec (Colman,
2002). Este aporte, cuyo caudal fue durante unas decenas de años
superior al caudal actual del Amazonas, produjo una brusca disminución
de la salinidad y densidad del agua superficial del Atlántico
Norte, lo que frenó el mecanismo de hundimiento y producción
de agua profunda (NADW). En consecuencia, se debilitó el sistema
termohalino y, con él, la Corriente del Golfo. De esta forma,
el Atlántico Norte se vió sometido a un largo período
de vuelta al frío, que duró más de mil años,
el Younger Dryas.

Figura
10. Younger Dryas. Hipótesis según la cual el retroceso del frente
del Manto Laurentino hizo que el agua dulce del Lago Agassiz fuera
a parar a través del Río San Lorenzo al norte del Atlántico, en vez
de al Golfo de México, disminuyendo la densidad del agua superficial
y frenando de esta manera la circulación termohalina
(o circulación meridiana
volteante, MOC).
La hipótesis de Broecker ha ido posteriormente ganando consistencia,
matizándose y aplicándose también a otras oscilaciones
térmicas ocurridas durante el transcurso de la desglaciación
y de comienzos del Holoceno. La desviación de la ruta de las
aguas de deshielo del manto Laurentino, unas veces hacia el este y
otras hacia el sur, acarrearía y desproveería sucesivamente
de masas de agua dulce al norte del Atlántico. Con la ruta
hacia el este (desembocadura en el norte del Atlántico), la
circulación termohalina oceánica se debilitaría,
y en el segundo caso, cuando el desagüe principal fuese hacia
el sur (desembocadura en el Golfo de México), la circulación
termohalina se intensificaría. Existiría un efecto oscilatorio
entre las dos situaciones, ya que el retroceso del hielo en tiempos
cálidos, cuando el desagüe era hacia el sur, abriría
en un momento determinado el desagüe hacia el este, que debilitaría
el conveyor belt y enfriaría de nuevo el agua del Atlántico
Norte. Cuando, con el frío, el manto de hielo avanzase de nuevo
hacia latitudes más bajas, se cortaría la comunicación
del San Lorenzo y se produciría otra vez un mayor desagüe
hacia el sur, volviéndose a la situación inicial (Clark,
2001).
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De todas maneras, recientes
estudios geológicos en la zona del lago Superior y de la Bahía
de Hudson no han logrado encontrar pruebas a favor de este desvío
catastrófico de las aguas del lago Agassiz (Lowell, 2005).
Por eso una nueva hipótesis que puede ganar fuerza es que el
incremento de agua dulce en la región más septentrional
del Atlántico fuera causado por un mayor desagüe de agua
dulce desde el Artico a traves del estrecho de Fram, entre Spitzbergen
y Groenlandia. En la actualidad, a través de este estrecho
circula hacia el sur, sobre todo en invierno, una fuerte corriente
con hielo marino que procede del Artico. Es posible que durante el
Younger Dryas, el Artico recibiese agua dulce de deshielo desde el
sector occidental del manto de hielo norteamericano, en la región
de Keewatin, y que también hubiese un desague importante del
deshielo a traves de la Bahía de Hudson. Este exceso de agua
dulce era luego exportado hacia el Atlántico Norte a través
del estrecho de Fram y frenaba la circulación termohalina (o
MOC, circulación meridiana volteante) (Tarasov, 2005).
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Figura
11. Younger Dryas. Existían también desagües que
iban directos al Artico y que procedían de los lagos del noroeste
y del domo de hielo que aún resistía en Keewatin. Es muy
posible que fueran estas aguas dulces de deshielo las que, tras atravesar
el estrecho de Fram, salieran del Artico y frenaran la formación
de agua profunda y la circulación
termohalina, por el endulzamiento de las aguas, en los Mares
Nórdicos de Groenlandia, Islandia y Noruega (mares GIN)
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Ya durante el Holoceno, hace
8.200 años, se produjo otro episodio abrupto de enfriamiento,
que duró unos 400 años y que no fue tan agudo como el
del Younger Dryas, aunque su existencia es constatable en numerosos
yacimientos oceánicos y terrestres (Barber, 1999). Afectó
especialmente a Groenlandia y a Europa, pero hay indicios de ese enfriamiento
en otras regiones lejanas, como China o Africa tropical, en donde
provocó también episodios secos y ventosos (Rohling,
2005; Morrill, 2005). Por el contrario, los sondeos en el hielo de
la estación Vostok, en la Antártida, señalan
que allí coincidió más bien con un episodio de
calentamiento (Petit, 1999).
Probablemente, una invasión de agua dulce en el Atlántico
Norte, procedente de aguas de fusión del manto Laurentino retenidas
en lo que quedaba de los lagos Agassiz y Ojibway (situado al sur de
lo que es hoy la Bahía de Hudson), ralentizó la circulación
termohalina, en un fenómeno parecido al del Younger Dryas,
aunque de mucha menor intensidad (Clarke, 2003). La Corriente del
Golfo se debilitó y durante unos siglos las temperaturas disminuyeron
varios grados en Groenlandia y en el norte del Atlántico. El
fenómeno repercutió probablemente incluso en las aguas
del Trópico. La temperatura descendió en la costa del
noroeste de Africa hasta un nivel casi semejante al de la glaciación.
Posteriormente, en poco tiempo, agotado el aporte de agua dulce, las
corrientes recuperaron su flujo normal y las temperaturas volvieron
a ascender.
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Referencias:
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Antón
Uriarte
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Historia
del Clima |
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