¿Hasta
qué punto debes ser fuerte?
Golpes y gritos ... eso era lo que me esperaba al
llegar de trabajar o de estudiar.
Tenia catorce años y desde aquella han pasado cinco
años; poco tiempo, pero muchas cosas, hasta ahora inimaginables.
Durante
mi infancia he tenido que aguantar los golpes continuos que me propinaba mi
padre. Para una niña de mi edad inaguantables, pero, era lo que había.
Desde
que tengo uso de razón, he visto como mi padre intentaba educarme con un bofetón.
¿quien
no ha hecho una trastada? yo no. Sabia que mi padre me iba a dar mi merecido.
Mi
madre lloraba, lloraba día y noche, me abrazaba y llorábamos juntas. No podíamos
hacer nada pues nuestro agresor nos tenia amenazadas.
Llegue
a sentirme culpable, culpable de los enfados de mi padre. Sentía que me lo
merecía, que era una mala hija.
Cuando
iba al colegio veía a mis compañeros gozando del cariño de una familia unida,
riéndose...Para mi llego a ser un sentimiento desconocido por aquel que me había
dado la vida.
A
pesar de todo yo lo quería, intentaba demostrárselo, le decía que lo
necesitaba, que necesitaba que me leyera cuentos y que me diera un beso antes de
arroparme con las mantas...pero una vez mas fallaba en el intento.
Mi
madre, la única por la que me sentía querida, se hacia la fuerte, intentando
disculpar a mi padre. Pero no tenia perdón.
Hoy
no fue igual. Al llegar a casa vi a mi madre tendida en el suelo. Su cuerpo yacía
encima de las frías baldosas, sangrante. Mi padre, agarrado a su botella ya vacía
me ordeno acudir a el. No quería. Corrí a junto de mi madre. Me agarro y sin
compasión me pego una vez mas.
Cuando
el se fue(supongo que a tomarse su copa de vino a la taberna de la esquina) me
levante, olvidándome del dolor y harta de aguantar esa sucia vida, cogí a mi
madre y nos marchamos.
Teníamos
miedo, ¿y si no estabamos en casa cuando viniera papa? ¿y si nos
encontraba?...eso ya no importaba. M e sentía como nunca: libre. Debíamos
alejarnos de ese infierno.
A
pesar de mi corta edad, ya era una mujercita pues las circunstancias me habían
hecho madurar, así que le dije a mi madre que esto no podía seguir así y que
la única solución era denunciarle.
Esa
palabra hizo que la cara de mi madre se pusiera blanca. Nos aterrorizaba esa
palabra; mi padre la nombraba después de cada paliza, para que no se nos
ocurriera llevar nuestro caso ante la ley.
Esa
noche dormimos en casa de mi tía. Ella no tenia idea de lo que pasaba en mi
casa. Fue ella la que sin pensarlo dos veces cogió el teléfono y marco un
numero especializado para estos casos. No podía imaginar que existiera un número
para gente en mi mismo estado, pues no entraba en mi cabeza que había mas
familias rotas. Me daba lastima por toda esa gente que seguía aguantando ese
sufrimiento, porque eso no es vivir.
Un
mes después mi madre falleció. No se si fue por el dolor del alma o por los
hematomas que su cuerpo pálido dejaba ver fácilmente.
En
este momento, el mundo se derrumba sobre mi, nada podía empeorar. No podía
desfallecer, debía seguir luchando por mi, por mi madre.
Se
había ido la persona mas importante en mi crecimiento y debía hacer algo. El
culpable tenía pagar por ello.
Después
de las declaraciones y todo lo demás, él pagaría por todo el daño causado en
la cárcel.
Mi
vida dio un giro. Mi tía no podía mantenerme, pues éramos de familia humilde,
así que una asistenta social me llevo a una familia adoptiva fantástica en la
que no me faltaba de nada.
He
perdido muchos años, pero ahora, cinco años después afronto la vida con una
sonrisa, por fin he conocido lo que es ser joven, la libertad...
Ahora, trabajo en asuntos sociales, ayudando a niños y mujeres coartados, torturados y explotados por gente intolerante e ignorantes de lo que es el respeto y el amor por lo demás semejantes. Por eso y muchas cosas mas, lanzo mi consejo de que se vayan, que busquen su felicidad, que sus deseos e ilusiones se encuentran fuera de esas cuatro paredes.
Gracias a toda esa gente que me ayudo aún estoy aquí, cumpliendo mis sueños; ahora me oca luchar por otros que aun aguantan.
Mi ultimo deseo es que algún día, no muy lejano, sepamos respetarnos los unos a los otros.
“ Un cobarde es incapaz de mostrar amor,
hacerlo está reservado para valientes”
(Gandhi)