Sofía,
ya de niña, le encantaba ayudar a los demás, siempre estaba ahí para ayudar
en todo lo que pudiera, siempre pendiente de que todo el mundo que le rodeaba
estuviera lo mejor posible.
Hasta
que se hizo mayor, entonces, decidió tomar la decisión más importante de su
vida: dedicar todo su tiempo y empeño a los niños que no tenían la suerte de
llevar una infancia como la de ella: feliz.
Antes
de tomar esta decisión se interesó por saber cuantos niños pasaban hambre,
cuantas maneras había de ayudar... Sofía escogió la que creía que era la
mejor: irse a un orfanato del Tercer Mundo.
Cuando
les dio la noticia a sus padres reaccionaron sobresaltados pero sabían que era
lo que de verdad quería y se lo esperaban.
Empezó
a trabajar en un país muy pobre en un orfanato donde tenían lo imprescindible
para vivir.
Al
principio se mostró muy ilusionada pero poco a poco se fue dando cuenta de que,
esa ilusión no era alegría; ya que viendo lo mal que lo estaban pasando los niños
que ella atendía no se podía estar alegre, sino satisfacción por estar
haciendo algo con su vida
que realmente
merecía la pena.
Allí
conoció muchos niños, todos con una historia, algunas eran realmente
escalofriantes. Siempre te imaginas que la vida de esos chicos desamparados no
es nada fácil pero vivirlo en primera persona... – decía Sofía a sus
padres.
Todas
las noches, antes de que los niños se durmieran, les narraba un cuento, ellos
se lo agradecían mucho ya que a la mayoría nunca le habían contado ninguno.
A
Sofía le bastaba una sonrisa de un niño para compensarle por todo lo que
estaba haciendo por ellos.
Cuando
llamaba a sus padres nunca mostraba quejas sino satisfacción por estar haciendo
lo que realmente quería. También telefoneaba a su hermana Lorena, ésta le decía
que estaba loca por dedicar todo su tiempo a esos niños y no disfrutar de su
vida, pero Sofía le respondía que mientras no supiera lo que de verdad hacía
y no veía la cara de esos niños no le reprochara nada, y que pensara si de
verdad era feliz intentando se la mejor en todo y pisoteando a los demás para
lograr serlo; entonces, Lorena, no tenía respuesta pues la sonrisa de un niño
vale más que mil sacrificios.
Eva Carbajales Bouza
xuño 2004