La realidad no permanece
Esta revuelta tarde me lleva a Bath
y a ti, pero no a la ciudad de reposadas
calles, ni a quien tú debes ser en el día de hoy.
La habitación se agranda en la penumbra
mientras llueve en la calle suavemente.
Hay, en la chimenea, un fuego que calienta
nuestros cuerpos desnudos, y que alumbra
el vasto espacio con insuficiencia.
Es la luz que merecen las llamas de tu pelo
y el íntimo reposo de las sábanas; sobre la alfombra,
y contra el rojo ardiente, haces tu cuerpo danza.
Te tiendes o caminas, y conversas
con repentina seriedad, me escucha tu sonrisa.
Como si el mundo fuese sólo un exceso vano
en nuestras solas existencias.
Ahora que sólo en nuestras vidas hay
la existencia del mundo.
¿O acaso has encontrado, de nuevo, las paredes
de igual habitación en un país extraño?
Si contigo el azar fue tan benigno
extrema su rigor con quien recuerda
una tarde tan larga en Bath,
que penetró en la noche, hasta las luces rotas
de un día casi eterno.
Aquella habitación que, acaso, guarda ahora
sólo el recuerdo vivo de un único habitante:
ese que contemplaba, desde un lecho vacío
la escasa realidad de un destruido fuego.
Francisco Brines