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Vida
Platón nació en Atenas
(429, 428 ó 427 -347 a. de C.), o en Egina, de familia nobilísima,
perteneciente a la más alta aristocracia, que por su madre, Perictiona,
se remontaba a Solón. Su nombre propio era Aristocles, pero prevaleció
el apodo de "Platón" con que le calificó su profesor
de gimnasia por la anchura de sus espaldas.
Poco antes de nacer Platón
acababa de estallar la guerra del Peloponeso (431), que tan profunda influencia
había de tener en los destinos de Atenas y en la cual tomó
parte como soldado (409).
Recibió una educación
esmeradísima. Estudió matemáticas y música
y cultivó la poesía, si bien se cuenta que después
de haber leído a Homero arrojó al fuego sus primeros ensayos
poéticos. En Filosofía recibió las primeras lecciones
de Cratilo, mediocre seguidor de Heráclito. Pero lo que decidió
su vocación como filósofo fue su encuentro con Sócrates,
cuando Platón contaba unos veinte años. Desde entonces continuó
en su compañía hasta la muerte del maestro.
De decidida vocación política
se desengañó muy pronto de las prácticas políticas
atenienses de su época, especialmente tras la condena de Sócrates.
Desde entonces dedicó su esfuerzo intelectual a construir y fundamentar
teóricamente un modelo ideal de sociedad.
Después de la muerte de
Sócrates (399), bien sea por correr peligro como amigo suyo o por
sus relaciones con sus parientes Critias y Cármides, que habían
pertenecido al grupo de los Treinta Tiranos, Platón se ausentó
de Atenas, refugiándose en Megara con un grupo de socráticos,
donde fueron recibidos por Euclides. Debió de permanecer allí
poco tiempo, pues partió para un largo viaje por Creta, Egipto
y Cirene, regresando a Atenas hacia el 396.
Poco después salió
para un segundo viaje, en que visitó la Magna Grecia, entablando
relación con los centros pitagóricos. Pasó después
a Sicilia, haciéndose amigo de Dión, cuñado del tirano
de Siracusa Dionisio I el Viejo, que había logrado someter toda
la isla a su dominio. Pero lejos de lograr sobre éste la influencia
que esperaba Dión, el filósofo incurrió en su desagrado.
Dionisio permitió que Platón abandonara Siracusa, pero dio
órdenes secretas a Polis, jefe de una embajada espartana en cuya
nave regresaba el filósofo, para que lo desembarcara en la isla
de Egina, entonces en guerra con Atenas y lo pusiera en venta como esclavo.Por
fortuna fue reconocido por un tal Anníceris, el cual lo compró,
poniéndolo en libertad (verano de 387).
Ya en Atenas abrió una
escuela en un pequeño terreno a tres kilómetros de la ciudad,
adquirido, según Diógenes Laercio, con el importe de su
rescate, que Anníceris no había querido recibir, y que por
su proximidad al templo del héroe Akademos recibió el nombre
de "Academia" (387). Platón permanece en Atenas 20 años
consagrado a la enseñanza de su escuela (en cuyas puertas rezaba
la inscripción: "Nadie entre aquí que no sea geómetra"
y a la composición de sus obras.
Fallecido Dionisio el Viejo (367),
le sucedió su hijo Dionisio el Joven, que en principio parecía
más dócil a los consejos de Dión. Ante la insistencia
de éste, Platón volvió por segunda vez a Siracusa
(366). Pero Dionisio se enemistó muy pronto con su tío Dión
y lo desterró, con lo cual Platón se encontró en
una situación sumamente comprometida y hubo de regresar nuevamente
a Atenas. Todavía repitió el viaje a Sicilia por tercera
vez e incluso su vida volvió a hallarse en peligro, haciendo intervenir
enérgicamente a su amigo Arquites de Tarento, el cual le envió
a Atenas en una nave.
Platón ya no volvió
a salir de Atenas. Dejó la dirección de la Academia en manos
de Heráclides de Ponto, consagrando sus últimos años
a la composición de sus obras. "Murió escribiendo",
dice Cicerón. Falleció en el aniversario de su nacimiento,
siendo enterrado en el jardín de la Academia (347)
Antecedentes
Platón, que
tiene tras de sí una larga tradición filosófica de
casi dos siglos de duración y de la que es gran conocedor, integra
algunas de las opiniones de autores anteriores en su sistema y se muestra
en radical oposición a otras muchas; por ello analizaremos primero
las opiniones que rechaza y luego veremos las que integra en su sistema.
1.- Rechazo:
Situaremos el pensamiento de Platón en una doble línea de
enfrentamiento o reacción que lo condiciona profundamente:
a) El rechazo del pensamiento físico de los milesios.
b) El enfrentamiento con las actitudes relativistas de los sofistas.
a)
El
rechazo del pensamiento físico de los milesios
Sócrates debió
de cultivar, en su juventud, las doctrinas de los físicos, pero
su primer entusiasmo por la que él denomina irónicamente
"altísima ciencia" desapareció cuando pudo comprobar
que la física no tenía en cuenta en absoluto el elemento
consciente y libre del hombre que él llamó alma.
Sócrates era
un hombre de indomable valor (demostrado en la guerra y en la vida ciudadana)
y un reformador nato; no admitía, pues, que el espíritu
activo, inquisidor y obstinado que regía toda su vida, y al que
incluso llegó a sacrificarla, pudiera ser explicado adecuadamente
por ninguna de las filosofías que él entendía como
materialistas.Nunca
creyó, tampoco, que esas filosofías ofrecieran una clara
guía para el individuo o la sociedad acerca del "recto vivir".
Para la filosofía
jónica, la explicación de los fenómenos de la mente
y de la conciencia no sobrepasaban el ámbito de lo físico:
todo se explicaba en términos de mezcla, haciendo intervenir, en
todo caso, una materia más sutil, pero sin llegar nunca a plantear
nada que pudiera parecerse a una psicología.
Los físicos
enseñaban que la tierra y el aire, el fuego y el agua son los elementos
primarios de todas las cosas, que ellos constituyen la naturaleza y que
el alma se origina más tarde a partir de ellos. En otras palabras,
el orden de la génesis es: primero la materia inanimada y después
la vida y la razón.
El punto de vista
de Platón es exactamente el inverso; para él el alma es
la primera de todas las cosas, existe antes que todos los cuerpos y es
el principal autor de sus cambios y transposiciones.
Pensamiento, mente,
arte y ley preexisten a duro, blando, pesado y ligero... En primer lugar
viene el designio, el proyecto inteligente, consciente y detrás
de ello la Naturaleza y los trabajos de la Naturaleza; es decir, lo que
se llama "Naturaleza" está bajo el gobierno del designio
y la razón. Para Platón, vida o capacidad de auto movimiento,
verdadero principio de todas las cosas es el alma.
Así, ese movimiento
que se mueve a sí mismo y del que surge toda la vida del universo
contiene todas las características de la psikhé: deseo,
razonamiento, opinión, atención, gozo, amor, etc.
b) El
enfrentamiento con las actitudes relativistas de los sofistas
La segunda línea
de rechazo platónico tiene dos vertientes:
Por una parte, Platón
se enfrenta decididamente a toda concepción de la naturaleza mecanicista,
no teleológica, que excluya el designio o la finalidad y haga de
la religión y la moralidad productos de la convención y
no de la naturaleza.
Ahora bien, el arte
y la convención pertenecen al alma. Por lo pronto, pues, vemos
que hay un uso equívoco del término "Naturaleza",
que conserva todavía una cierta ligazón con arjé,
pero tiende también a ser claramente contrapuesto a psijé y todo lo relativo a ésta y, en consecuencia, tiende a ser excluido
de su originaria significación como principio.
Platón trata
de conjugar ambas motivaciones, dedicando todos sus esfuerzos a aislar,
en la psijé, precisamente aquello que responda a las primitivas
exigencias de la physis, del principio constitutivo y ordenadorúnico,
espontáneo y no convencional; es decir, aquello que siendo, por
así decirlo, psíquico, se sustraiga a toda contaminación
de lo convencional, de lo variable y mudable, de lo sensible: lo encontrará
en los objetos de la matemática, las esencias matemáticas
o formas inmutables cuyo conocimiento es independiente de la experiencia
y constituye además el modelo por el que juzgamos la experiencia.
Este es el origen
de la más conocida de las teorías de Platón, la teoría
de las ideas que, superando el conceptualismo socrático, tiene
como uno de los objetivos fundamentales borrar todo resto de convención
que pudiera quedar en el conocimiento por concepto.
2.-
Aceptación:
Platón había
seguido en la primera época de sus estudios las enseñanzas
del discípulo de Heráclito,
Cratilo, quien profesaba el principio de que en la naturaleza todo fluye
y nada tiene una consistencia firme y estable.
Al conocer a Sócrates se abrió ante Platón otro mundo. Sócrates se circunscribía
por entero a los problemas éticos y procuraba investigar conceptualmente
la esencia permanente de lo justo, lo bueno, lo bello, etc.
La idea del fluir
eterno de todas las cosas y el supuesto de una verdad permanente parecen
contradecirse a primera vista. Sin embargo, Platón se hallaba tan
convencido a través de Cratilo del fluir de las cosas, que esta
convicción no salió quebrantada en lo más mínimo
por la impresión tan profunda que hubo de causarle aquella búsqueda
tenaz de Sócrates para encontrar el punto firme y estable en el
mundo moral del hombre.
Platón llegó
a persuadirse de que ambos, Cratilo y Sócrates, tenían razón,
puesto que se referían a dos mundos completamente distintos:
El principio de Cratilo
según el cual todo fluye referíase a la única realidad
que conocía aquel filósofo, a la realidad de los fenómenos
sensibles, y Platón siguió convencido durante toda su vida
de que la teoría cratiliana del fluir era acertada en lo referente
al mundo material.
Sócrates, en
cambio, apuntaba con su problema a la esencia conceptual de aquellos predicados
tales como lo "bello", lo "bueno", lo "justo",
etc. sobre los que descansa nuestra existencia de seres mortales, a otra
realidad que no fluye, sino que verdaderamente "es", es decir,
que permanece invariable.
Platón veía
desde ahora en esos conceptos generales aprendidos de Sócrates
el verdadero ser, arrancado al mundo del eterno fluir. Esas esencias que
sólo captamos en nuestro pensamiento y sobre las que descansa el
mundo del verdadero ser son lo que Platón llama "ideas".
Con esto Platón se remontaba indudablemente, según Aristóteles,
por encima de Sócrates, el cual no hablaba de las ideas ni establecía
una separación entre éstas y las cosas materiales.
Por otra parte, el
problema de la conciencia y la percepción, la noción de
un alma diferente del cuerpo e inmortal tuvieron, al contrario que en
los físicos, una larga y oscura gestación en la especulación
místico-matemática de los pitagóricos,
los cuales habían heredado concepciones del orfismo y de las religiones
egipcias. El propio Platón, por su parte, había participado
en los misterios de Eleusis.
Antecedentes:
Rechaza:
Físicos:
por no tener en cuenta en sus teorías el elemento consciente y
libre del hombre, el alma.
Por no ofrecer una guía para la conducta.
Por considerar origen la materia y no el alma.
Sofistas: por su relativismo y convencionalismo.
Acepta:
Heráclito,
cuya movilidad y caducidad serán características que Platón
atribuirá al mundo físico.
Eleatismo, cuya inmovilidad y permanencia
serán características que Platón atribuirá
al mundo de las ideas.
Sócrates, al que debe su aspiración
a llegar al conocimiento de las esencias como base de las definiciones;
su preocupación por hallar la "razón" de las cosas
y su inclinación hacia los problemas morales y políticos.
Anaxágoras, que fue el primero en
plantear la necesidad de una Inteligencia (Nous) ordenadora en el principio
y que en Platón estará representada en la figura del Demiurgo.
Pitagorismo, del que asimiló los siguientes
elementos doctrinales:
- El origen celeste y la preexistencia de las almas.
- El concepto de un pecado a consecuencia del cual el alma cae de su estado
feliz y es encerrada en un cuerpo que le sirve de prisión.
- La reencarnación o transmigración del alma que no ha logrado
la completa purificación (metempsícosis).
- La necesidad de la virtud y de la ascesis para lograr la purificación
del ama.
- La mística de los números.
- La concepción del mundo como animal viviente.
- El concepto de Filosofía como preparación para la muerte.
Ontología
Platón, al igual
que antes había hecho su maestro Sócrates, impregna su filosofía
de una intencionalidad moral; con esta intención
busca dar cuenta de las esencias inmutables de las cosas -de todas las
cosas, incluídos también los principios morales-, porque
para él, lejos del planteamiento relativista de los sofistas, no
es verdad ahora lo que será falso mañana, ni puede ser la
verdad diferente para unos y para otros. La verdad
absoluta existe y, como tal, tiene las características
de la fijeza, la inmutabilidad, la eternidad. La verdad es siempre
la misma y no puede cambiar, ni en el tiempo, ni en el espacio. En este
sentido, Parménides, con su teoría del ser uno, lleno, inmutable
y eterno, le ofrece una guía sólida para su planteamiento
moral. Sin embargo, la filosofía de Parménides no explica
convincentemente la aparente mutabilidad con que se nos presenta a nosotros
esa realidad eterna e inmutable.
Es entonces cuando Platón
recurre a la concepción de Heráclito que pensaba, al contrario
que Parménides, que en el mundo no existía un ápice
de fijeza sino que todo estaba en constante movimiento. Platón
fusiona las dos teorías, la de Heráclito y la de Parménides,
considerando que ambos tenían razón, aunque se referían
a dos realidades diferentes. Éste es el origen de la más
famosa de las teorías platónicas: la teoría
de las Ideas.
LA
TEORÍA DE LAS IDEAS
En
efecto, Platón fusiona las teorías de los dos autores afirmando
que cada uno de ellos se refería a una realidad diferente; porque
para él existen dos realidades, dos mundos.
Uno de ellos es el mundo que percibimos por medio de nuestros sentidos,
el mundo sensible, el mundo que acostumbramos
a considerar verdadero y que ya Parménides había denunciado
como aparente. También Platón lo concibe como pura apariencia
porque así es como efectivamente se nos aparecen las cosas. En
este un mundo todo está en constante cambio,
en movimiento, tiene, por tanto, las características del ser de
Heráclito.
Debemos diferenciar
entre las cosas y aquello que hace que las cosas sean y que sean lo que
son, que sean A o B, caballo o casa, o piedra, o luz.
Cuando tratamos
de explicar por qué una cosa es lo que es podemos dar, p. ej.,
una explicación, digamos, científica (física o química,
etc.). Si explicamos desde este punto de vista científico por qué
esto es agua, por qué existe y por qué existe precisamente
como existe, como agua, diríamos más o menos lo siguiente:
Esto existe como
agua porque átomos de hidrógeno y de oxígeno se han
unido en la proporción de dos a uno, dando lugar a moléculas
que tienen precisamente estas propiedades que apreciamos en el agua. Esto
que aquí vemos, y a lo que llamamos agua porque aparece con estas
propiedades, no es más que una acumulación de moléculas
compuestas de átomos de hidrógeno y oxígeno en la
proporción antedicha.
Aquello que hace
que esto sea agua, según el científico, es, pues, una determinada
estructura atómica o molecular.
Pero esta explicación,
a pesar de sus extraordinarios resultados prácticos, no basta al
filósofo. Y no basta por dos motivos:
a) Porque el filósofo
no pretende dar razón del porqué de la existencia de una
cosa concreta, sino de todas. Ha de explicar, en general, por qué
las cosas son y por qué son lo que son. Todas las cosas.
Porque la ciencia,
al proporcionar este tipo de explicaciones, remite al problema original
a un nuevo orden de objetos. Así, si bien explica el "en qué
consiste" que el agua sea agua, debe ahora explicar el "en qué
consiste" que los átomos sean átomos, y sean átomos
de hidrógeno, de helio, etc.
El científico
actual, en última instancia, al igual que los milesios, explicaría
la realidad en función de interacciones materiales (o energéticas,
para el caso que nos ocupa es lo mismo). Pero este tipo de explicaciones,
como hemos visto, no satisface a Platón, y desde él no satisface
a la Filosofía.
Al saber que trata
de dar razón del "en qué consiste" el ser de las
cosas, de lo ente, se le llama actualmente (desde Aristóteles) ontología: Tratado o ciencia de lo
ente, de las cosas.
Platón hereda
de Sócrates la convicción de que podemos adquirir conocimientos
objetivos y válidos para todos los hombres, que la verdad existe
como algo objetivo y que puede conocerse. En este verdad objetiva y en
su conocimiento se debe fundamentar la conducta moral del hombre.
Ahora bien, el
conocimiento, para ser verdadero conocimiento, debe ser infalible, cierto
y, por tanto, debe tener por objeto lo que es,
es decir, lo permanente, no lo cambiante.
Por eso la percepción sensible no es verdadero conocimiento.
En efecto, si ser
es "tener una determinación", ente es, por pura gramática,
aquello que "tiene una determinación" (que es A o que
es B). Y entonces todo aquello que ordinariamente consideramos ente (a
saber: las cosas; en principio cosa = ente) ¿es verdaderamente?
¿merece propiamente el nombre de ente? ¿tiene verdaderamente
(como propia) una determinación? ¿puede decirse con toda
propiedad que es A o que es B?.
Al tropezarnos,
p. ej., con un caballo, decimos: "esto es un caballo"; pero
¿le pertenece propiamente a ese "esto" el "ser caballo"?;
si le perteneciese propiamente, entonces el tal "esto" no podría
dejar algún día de ser caballo, ni podría no haber
sido algún día caballo; y sabemos que no es así;
luego esto propiamente no "es caballo"; y lo mismo pasará
con cualquier determinación referida a cualquier "esto"
concreto.
Entonces, nada
propiamente es, nada tiene como propia una determinación. ¿Realmente
nada?; nada, excepto la determinación misma; porque si decimos
que esto en tal momento ya no es un caballo es porque el eidos, la determinación,
el conjunto de notas "caballo", sí sigue teniendo validez;
si podemos decir que hace varios millones de años "no había
caballos" es porque la validez de la determinación "caballo"
no es afectada por los millones de años.
Mas aún:
Toda cosa es uno, porque es una cosa, y a la vez, toda cosa es varios
(no uno), porque tiene partes; toda cosa es grande con relación
a ciertas cosas y pequeña (no grande) con relación a otras;
en suma: toda cosa, por una parte, es A y, por otra parte, no lo es; en
cambio "grande" es siempre "grande" y no "pequeño",
"uno" es siempre "uno" y no "varios". Sólo
a la determinación misma le pertenece en propiedad la determinación.
Nos encontramos,
pues, ante el sorprendente resultado de que sólo el eidos mismo es, de que el ser es al mismo tiempo lo ente. Y Platón introduce,
junto al eidos, otro nombre (idea,
que significa "figura", es decir, aproximadamente lo mismo que eidos) que servirá para designar el eidos precisamente
como lo ente. Platón casi usa indistintamente ambos términos,
eidos e idea, pero en adelante quedará eidos como designación
del ser entendido como determinación (esencia), e idea para designar la noción específicamente platónica
del eidos como lo ente (y no sólo como el ser); así,
Aristóteles aceptará la noción de eidos,
pero no la de idea.
Así pues,
cuando esto se presenta como caballo y aquello como casa, lo que propiamente
está presente, lo que está insobornablemente presente, no
es "esto" ni "aquello", sino "caballo" y
"casa". La idea es lo que en todo ser propiamente es. La cosa
sólo es en la medida en que lo que propiamente es en tal "ser"
es la idea.
La presencia de
la cosa en realidad no es de la cosa, sino de la idea. La cosa no tiene
otro ser que el ser de la idea. Esto quiere decir que el eidos está
supuesto en la presencia de la cosa; No podría aparecernos esto
como "caballo", aquello como "mesa", si o estuviese
ya de antemano, de algún modo ante nuestra vista la determinación
(el eidos) "caballo" y el eidos "mesa".
Pero no es menos
cierto que en nuestra existencia cotidiana lo que nos hace frente y nos
ocupa, lo que es real, son las cosas; que no ocurre que nosotros tengamos
expresamente a la vista la idea de caballo antes de ver caballos, que
parece que lo presente es la cosa. Lo mismo que en Parménides:
a) Por una parte,
la verdad es condición de posibilidad de la apariencia.
b) Por otra parte,
lo inmediato, lo regular y cotidiano, no es la verdad, sino la apariencia.
No hay otro remedio
que admitir que en el fondo de la propia existencia cotidiana está
la verdad, pero que está como dejada atrás, olvidada.
Mito
de la caverna
Mito de la caverna
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Mito de la caverna, una interpretación actual
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Epistemología
En concordancia con
su teoría de las ideas, para Platón no puede haber verdadero
conocimiento de los objetos sensibles, puesto que están en continuo
fluir, como decía Heráclito. No son, sino que cambian; por
lo tanto no pueden ser objeto de ciencia.
Objeto de verdadero conocimiento
es el "universal", puesto que es
algo estable. Bien entendido que este universal, al que se refiere Platón,
no es una construcción subjetiva, una forma desprovista de contenido,
sino que a cada concepto universal verdadero corresponde una realidad
objetiva: una Idea.
Por otra parte, para Platón
SER y CONOCER son cosas correlativas, de tal manera que los grados de
conocer corresponden paralelamente, en una adecuación exacta, a
los grados de ser.
El no-ser es absolutamente incognoscible.
Pero entre el ser y el no-ser
existe una categoría intermedia, que corresponde al hacerse, al
llegar a ser, al devenir, es decir, al ser en movimiento, el cual tiene
algo de ser, pero sin llegar a la plenitud perfecta del ser.
Entre estos elementos podemos
establecer una triple relación:
Al SER corresponde la CIENCIA
(EPISTEME).
Al DEVENIR corresponde la OPINIÓN
(DOXA). Si preguntáramos a un hombre
qué es, p. ej., la bondad y sólo supiera explicarse poniendo
ejemplos de cosas buenas, pero no supiese lo que es la bondad en sí,
ese hombre permanecería el estado mental de la Opinión .
Al NO-SER corresponde la IGNORANCIA.
El concepto jerárquico
del ser se refleja, pues, paralelamente en un concepto ascendente de la
ciencia, que constituye una "ascensión hacia el ser".
En la alegoría de la linea dividida en segmentos y en el mito de
la caverna nos representa esta ascensión a través de cuatro
objetos de conocimiento:
1º Imágenes, sombras,
reflejos, etc., a los que les corresponde la CONJETURA (Eikasía), que mediante la Imaginación interpreta esas imágenes
y sombras. La Conjetura consiste en aceptar las hipótesis verosímiles
sin realizar el proceso dialéctico. Conjeturas son, para Platón,
las explicaciones mitológicas del mundo, las cosmogonías,
etc. (Ej., El Timeo).
2º Objetos materiales, sensibles,
de los cuales son imágenes los precedentes: animales, plantas y
cosas artificiales fabricadas. Les corresponde la CREENCIA (Pistis). Este grado correspondería a la Física, la cual
no es ciencia para Platón.
3º Objetos inteligibles,
para cuya búsqueda el alma se ve obligada a valerse, como de imágenes,
de los objetos del mundo visible, a manera de hipótesis, para llegar
a una conclusión.
Les corresponde la Razón
discursiva (Dianoia) [Pensamiento o conocimiento racional discursivo],
que es la propia de las MATEMÁTICAS,
las cuales recurren a lo sensible para elevarse a lo inteligible: Aritmética,
Geometría.
Los que se ocupan de Geometría
o de Cálculo sientan como punto de partida ciertas suposiciones
que hacen valer como evidentes, pero de las cuales no pretenden "dar
razón" (en el sentido platónico, esto es: presentarlas
como determinaciones a partir de otras determinaciones superiores), sino
que las "ven" valiéndose de imágenes sensibles.
P. ej., La división de
los ángulos en agudos, rectos y obtusos no reposa en una división
de la determinación "ángulo" misma, sino en las
posibilidades de trazado de un ángulo, posibilidades que "vemos"
al imaginar un ángulo de todas las maneras posibles.
4º Objetos inteligibles,
que el alma aprehende sin recurrir a lo sensible, pasando simplemente
de idea en idea. Les corresponde la Inteligencia pura (Noesis) o conocimiento
racional intuitivo y la ciencia perfecta, que es la DIALÉCTICA,
la cual parte de hipótesis para llegar a un principio no hipotético,
es decir, absoluto.
Ver
esquema
El método.
A partir de Sócrates, o
sea en el s. IV a. de C., en Atenas empezó a haber una Filosofía
consciente de sí misma y sabedora de los métodos que emplea.
Sócrates es, en realidad, el primer filósofo que nos habla
de su método. Sócrates nos cuenta cómo filosofa.
¿Cuál es el método
que Sócrates emplea? Él mismo lo ha denominado mayéutica.
Esto no significa más que la interrogación. Sócrates
pregunta. El método de la Filosofía consiste en preguntar.
Cuando se trata, para Sócrates,
de definir, de llegar a la esencia de algún concepto, sale de su
casa, se va a la plaza pública de Atenas, y a todo el que pasa
por delante de él le llama y le pregunta: ¿qué es
esto?.
Así, p. ej., un día
Sócrates sale de su casa preocupado por saber qué es la
valentía, qué es ser valiente. Llega a la plaza pública
y se encuentra con un general ateniense. Entonces se dice "aquí
está; este es el que sabe lo que es ser valiente, puesto que es
el general, el jefe".
Y se acerca y le dice: "¿Qué
es la valentía?. Tú que eres el general del ejército
ateniense, tienes que saber qué es la valentía". Entonces
el otro le dice: "¡Claro está!. ¿Cómo
no voy a saber yo qué es la valentía?. La valentía
consiste en atacar al enemigo y en no huir jamás".
Sócrates se rasca la cabeza
y le dice: "Esa contestación que me has dado no es del todo
satisfactoria; y le hace ver que muchas veces en las batallas los generales
mandan al ejército retroceder para atacar al enemigo a una determinada
posición y en esa posición echársele encima y destruirlo.
Entonces el general rectifica
y dice: "Bueno, tienes razón". Y da otra definición;
y sobre esta segunda definición, otra vez Sócrates ejerce
su crítica interrogante. Sigue no quedando satisfecho y pide otra
nueva definición; y así, a fuerza de interrogaciones, hace
que la definición primeramente dada vaya atravesando por sucesivos
mejoramientos, por extensiones, por reducciones, hasta quedar ajustada
lo más posible, sin llegar nunca a ser perfecta.
Ninguno de los diálogos
de Sócrates que nos ha conservado Platón, en donde reproduce
con bastante exactitud los espectáculos o escenas que él
había presenciado, consigue llegar a una solución satisfactoria,
sino que se interrumpen, como dando a entender que el trabajo de seguir
preguntando y seguir encontrando dificultades, interrogantes y misterios
en la última definición dada, no se puede acabar nunca.
Este método socrático
de la interrogación, de la pregunta y la respuesta, es el que Platón,
discípulo de Sócrates perfecciona. Platón
perfecciona la mayéutica de Sócrates y la convierte
en lo que él llama la dialéctica.
Dialéctica.
La dialéctica platónica
conserva los elementos fundamentales de la mayéutica socrática.
Conserva la idea de que el método filosófico es una contraposición,
no de opiniones distintas, sino de una opinión y la crítica
de ella. Conserva, pues, la idea de que hay que partir de una hipótesis
primera y luego irla mejorando a fuerza de críticas que se le vayan
haciendo en torno, y esas críticas como mejor se hacen es en el
diálogo, en el intercambio de afirmaciones y de negaciones; y por
eso la llama Dialéctica.
Vamos a ver cuáles son
los principios, las esencias filosóficas que están a la
base de ese procedimiento dialéctico.
La dialéctica se descompone,
para Platón, en dos momentos:
a) Un primer momento consiste
en la intuición de la idea.
b) Otro segundo momento consiste
en el esfuerzo crítico para esclarecer
esta intuición de la idea.
De modo que, primeramente, cuando
nos ponemos ante la necesidad de resolver un problema, cuando sentimos
esa admiración que Platón encomia tanto, esa admiración
ante el misterio, ante el problema, lo primero que el espíritu
hace es lanzarse como un flechazo, como una intuición que se dispara
hacia la idea de la cosa, hacia la idea del misterio que se tiene delante.
Pero esa primera intuición de la idea es una intuición torpe,
insuficiente. Es, más que la intuición misma, la designación
del camino por donde vamos a ir hacia la conquista de esta idea. Y entonces
viene después la dialéctica propiamente dicha en su segundo
momento, que consiste en los esfuerzos sucesivos del espíritu por
intuir, por ver, contemplar, o, como se dice en griego "theorein"
(de ahí viene la palabra "teoría") las ideas.
Éstas van depurándose cada vez más, acercándose
cada vez más a la meta, hasta llegar a una aproximación
lo mayor posible, nunca a la coincidencia absoluta con la idea, porque
ésta es algo que halla en un mundo del ser tan distinto del mundo
de nuestra realidad viviente, que los esfuerzos del hombre por taladrar
esta realidad viviente, por llegar al mundo de esas esencias eternas,
inmóviles y puramente inteligibles que son las ideas, no pueden
ser nunca ser perfectamente logrados.
Esto lo expone Platón de
una manera viva, interesante, por medio de esas ficciones a las cuales
es tan aficionado. Es muy aficionado a exponer sus pensamientos filosóficos
bajo la forma de lo que él mismo llama "cuentos", como
los cuentos que cuentan los viejos a los niños; los llama con la
palabra griega "mito". Cuando las nodrizas griegas les contaban
un cuento a los niños, la palabra que empleaban es "mito".
Platón, pues, utiliza los
mitos como sistema pedagógico. Así, para expresar su pensamiento
de la intuición de la idea y de la dialéctica que nos conduce
a depurar esa intuición, emplea el mito de
la "reminiscencia":
Las almas humanas, antes de vivir
en este mundo y de alojarse cada una de ellas en un cuerpo de hombre,
vivieron en otro mundo, vivieron en el mundo en donde no hay hombres,
ni cosas sólidas, ni colores, ni olores, ni nada que transite y
cambie, ni nada que fluya en el tiempo ni en el espacio. Vivieron en un
mundo de puras esencias intelectuales, en el mundo de las ideas. Ese mundo
está en un lugar que Platón metafóricamente llama
lugar celeste: "topos uranos". Allí viven las
almas en perfecta contemplación de las bellezas inmarcesibles de
las ideas, conociendo la verdad sin esfuerzo alguno porque la tienen intuitivamente
delante; sin nacer ni morir; en pura eternidad.
Pero esas almas, de vez en cuando,
vienen a la tierra y se alojan en un cuerpo humano, naturalmente tienen
que someterse a las condiciones en que se desenvuelve la vida en la tierra,
en las condiciones de la espacialidad, de la temporalidad, del nacer y
del morir, del dolor y del sufrimiento, de la insuficiencia de los esfuerzos,
de la brevedad de la vida, de los desengaños, de la ignorancia
y del olvido.
Esas almas olvidan, olvidan las
ideas que conocieron cuando vivían o estaban en el "topos
uranos", en el lugar celeste, donde moran las ideas. Olvidadas
de sus ideas están y viven en el mundo.
Pero como han estado antes en
ese "topos uranos", donde están las ideas, bastará
algún esfuerzo bien dirigido, bastarán algunas preguntas
bien hechas, para que del fondo del olvido, por medio de la reminiscencia,
atisben algún vago recuerdo de esas ideas.
Una vez que Platón cuenta
este cuento (porque es un cuento; Platón no cree en todo esto literalmente)
a unos amigos suyos en Atenas, éstos quedan un poco recelosos;
piensan: "Este señor parece que se burla". Entonces Platón
les dice: "Os lo voy a demostrar". En ese momento pasa por allí
un muchacho de quince años, esclavo de uno de los concurrentes
a la reunión. Platón le dice: "Tu esclavo Menón,
¿sabe matemáticas?". "No, hombre, ¡qué
va a saber!. Es un criado, un esclavo de mi casa". "Pues que
venga aquí".
Entonces Sócrates (que
en los diálogos de Platón es siempre el portavoz) empieza
a preguntar. Le dice: "Vamos a ver, niño: imagínate
tres líneas rectas" y el niño se las imagina. Y así,
a fuerza de preguntas bien hechas, va sacando de sí toda la geometría.
Y dice Sócrates: "¿Veis? ¿No la sabía?
¡Pues la sabe!, la está recordando de los tiempos en que
vivía en el lugar celeste de las ideas.
La dialéctica tiene dos
aspectos: un aspecto lógico (metodológico) como el arte
de la discusión por medio del diálogo, un saber interrogar
y responder dirigido al esclarecimiento de lo problemáticamente
intuido, de la idea, y un aspecto ontológico: las ideas no son
sólo instrumentos conceptuales de conocimiento, la ascensión
dialéctica en pos de las ideas no es solamente un método,
sino que son y es aquello en que consiste lo ente, aquello en lo cual
consiste el ser en sí.
La Dialéctica
tiene además un doble aspecto complementario:
El primero ascendente,
de síntesis, por el cual, eliminando
las diferencias, se reduce la multiplicidad confusa e indeterminada a
la unidad concreta y determinada expresada en un concepto común.
Este concepto es la expresión de la esencia de las cosas y la base
de sus definiciones.
El segundo, descendente,
de análisis, consiste en dividir un
concepto general en sus distintas especies, siguiendo sus articulaciones
naturales, hasta llegar a la especie indivisible en la cual se halla la
forma propia del objeto que se trata de comprender.
En efecto, a Platón, que
había partido de una determinada noción de lo que significa
"ser" = determinación, no se le escapa el hecho de que
la determinación de algo es la vez determinación de otras
cosas: Cualquier especie se define por división a partir de una
determinación "superior" a la que Platón llama
género y de la que participan tanto la especie definida como su
opuesto en la definición en cuestión. El conocimiento de
las ideas es, pues, pasar de unas determinaciones a otras, asumir la interdependencia
de las determinaciones; la determinación es tal a partir de una
"anterior" o "superior" y por "división"
de ella.
Este hecho se puede ejemplificar
en relación con la cibernética: Un "bit" responde
a una pregunta. Existe un juego que consiste en acertar, en 20 preguntas
que sólo pueden ser respondida con un "sí" o un
"no", cualquier objeto previamente fijado.
Con 20 preguntas podemos determinar,
p. ej., un "diente de león", etc. El proceso va de lo
particular a lo universal por división. Así, la 1ª
pregunta: ¿es un ser vivo o inerte?; si vivo: 2ª ¿animal
o vegetal?, etc..
Las preguntas bien
hechas, el esfuerzo por dirigir la intuición hacia la esencia del
objeto propuesto, poco a poco y no de golpe, con una serie de flechazos
sucesivos, enderezando el esfuerzo del espíritu conforme debe ir,
conducirá a la reminiscencia, al recuerdo de aquellas esencias
intelectuales que las almas han conocido y que luego, al encarnar en cuerpos
humanos, han olvidado.
La dialéctica
consiste, para Platón, en una contraposición de intuiciones
sucesivas, que cada una de ellas aspira ser la intuición plena
de la idea, del concepto, de la esencia. Pero como no puede serla, la
intuición siguiente, contrapuesta a la anterior, rectifica y mejora
aquella anterior.
Y así sucesivamente, en diálogo o contraposición
de una a otra intuición, se llega a purificar, a depurar lo más
posible esta vista intelectual, esta vista de los ojos del espíritu
hasta acercarse lo más posible a esas esencias ideales que constituyen
la verdad absoluta.
Sentido de la dialéctica.
a) Filosofía
como purificación: la función más importante
de la Filosofía debe ser la de servir, junto con la virtud, para
purificar el alma desprendiéndola de las adherencias materiales
que la ligan al mundo corpóreo, disponiéndola así
para su separación completa del cuerpo y libertándola del
ciclo de las transmigraciones.
b) Este anhelo purificatorio
se traduce en un desprecio de las cosas del mundo que llega hasta convertir
la Filosofía en una preparación para
la muerte. La
muerte es un bien, pues trae consigo la liberación de todos los
males. El verdadero filósofo no debe temer la muerte, sino disponerse
anticipadamente a ella. La verdadera y principal ocupación del
filósofo es aprender a morir y prepararse para la separación
completa del alma y del cuerpo.
Por eso el filósofo
desprecia los placeres y los bienes propios del cuerpo para purificar
su alma y dedicarse de lleno a la contemplación de las realidades
eternas.
Física
La física platónica
se encuentra en su obra titulada El Timeo o
de la Naturaleza. En esta obra Platón desarrolla uno
de los relatos míticos a los que nos tiene acostumbrados para explicar
el origen y la formación del mundo sensible o naturaleza.
En principio, cabe señalar
la paradoja que resulta del hecho de que Platón elabore una teoría
física, pues ya quedó claro en su epistemología que
no la considera una verdadera ciencia sino que la sitúa en el ámbito
de la opinión. En efecto, la física trata del estudio de
la naturaleza y ésta se encuentra en constante cambio, por lo que
es imposible alcanzar la fijeza y la inmutabilidad que caracterizan a
la episteme. Por esta razón, no hay que esperar encontrar en la
física platónica un desarrollo científico preciso,
sino que más bien trata de elaborar una concepción de la
naturaleza que exprese una intencionalidad moral.
Así, el desarrollo de esta teoría es a
priorístico, remontándose de la copia -la naturaleza-
al modelo -las ideas- y tratando de ejemplificar su valoración
moral del mundo mediante una fábula verosímil sin pretensiones de rigor científico. De ahí la ambigüedad
y la confusión que impregnan todo el relato, cargado de influencias
místicas y numerológicas procedentes de los pitagóricos
y no exento, por lo demás, de algunas imprecisiones e incluso contradicciones.
Platón establece
como arjé tres realidades pre-existentes a la formación de la naturaleza o mundo sensible:
De una lado se encuentra
el Mundo de la Ideas que, como sabemos, es
eterno, perfecto e inmutable y resulta ser el modelo a semejanza del cual se dará forma al mundo. Dice Platón
que las Ideas son como el padre del mundo y representan el orden racional
a partir del cual se concibe y ordena la naturaleza. Ésta, pues,
obedece en su origen a un orden inteligente que le da sentido y cuyo cumplimiento
constituye su máxima aspiración, quedando así dotada
la naturaleza de una clara teleología.
De otro lado se encuentra
una de las nociones más confusas del Timeo. Platón le denomina
la Jôra y la describe como un puro
espacio geométrico que servirá de lugar en donde se instale
la realidad material que constituye la naturaleza. La Jôra sería,
pues, antes de la formación del mundo sensible, un puro espacio
caótico, dominado por la necesidad que, para Platón, es
como la madre del mundo; un lugar o receptáculo informe al que
todavía no se le pueden atribuir propiedades materiales, pero que
las alcanzará como resultado de su organización siguiendo
el modelo matemático de las Ideas.
Esta concepción, que pretende constituir la materia a partir de
una determinada ordenación del puro espacio, es lo que a Platón
le plantea mayores dificultades pues, no siendo la Jôra material,
¿de qué orden podría resultar en ella la materia?
Es por ello que Platón llega a dar a la Jôra en algunos párrafos
del Timeo ciertas propiedades materiales, refiriéndose a ella como
una "masa informe" o una "cera informe", una especie
de substancia plástica muy maleable y fácilmente modelable
en la que pueda procederse al establecimiento del orden material.
De modo que, tal como lo concibe Platón,
la masa caótica e indiferenciada que constituye la Jôra se
ordena siguiendo el modelo de las Ideas; pero, ¿por qué?
¿cuál es la causa de este ordanamiento? Aquí Platón
recurre de nuevo al mito: Entre ambas, entre la Jôra y las Ideas,
sitúa una especie de divinidad artesana a la que denomina "Demiurgo",
el cual, por pura bondad, limpia de envidia, contemplando la perfección
del Mundo de las Ideas, quiere hacer una réplica del mismo que
sea visible, tangible, etc., es decir, sensible. Este Demiurgo es otro
de los conceptos ambigüos del Timeo, pues aunque lo presenta como
un artesano, como un intermediario entre las otras dos realidades preexistentes,
es difícil admitir que se refiera exactamente a una divinidad personificada
y muchos intérpretes han visto en la figura del Demiurgo más
bien una referencia a un poder causal de
difícil explicación.
En síntesis, Platón se representa
el oígen y la formación de la Naturaleza siguiendo el ejemplo
del artista que queriendo representar una idea bella, por tanto con una
finalidad preestablecida, ha de modelar la materia informe para que el
resultado se acerque lo más posible a la idea original. Pero la
materia ofrece siempre una resistencia a ser modelada y el resultado final
no alcanzará la perfección absoluta de la idea. Hay además
en la materia una clara tendencia a desordenarse si se abandona a sí
misma, por lo que será necesario un constante cuidado por parte
del artista para mantener su obra en el mejor estado posible. El Demiurgo,
en efecto, interviene ciclícamente para reorganizar el mundo material.
Para realizar su obra, el Demiurgo elige
en primer lugar, dentro de las Ideas, la estructura metemática,
de manera que la materia que surge del espacio desordenado obedecerá
a un orden matemático. En particular, elige los cuatro volúmenes
regulares que conocía Platón: El cubo, el tetraedro, el
octaedro y el icosaedro. Al ordenar la Jôra en forma de cubos surge
la tierra, al hacerlo en tatraedros, el fuego, los octaedros darán
lugar al agua y los icosaedros al aire. Se entiende ahora la dificultad
que encuentra Platón al explicar el origen de los cuatro
elementos en un orden puramente geométrico partiendo del
puro espacio que se encuentra en estado caótico antes de que el
Demiurgo proceda a su ordenamiento. Luego, como anteriormente había
hecho Empédocles, explica la formación de las demás
substancias en base a la mezcla o combinación de estos cuatro elementos
originales.
Es de notar que estos cuatro volúmenes
están a su vez formados, todos ellos, por dos triángulos:
El triángulo rectángulo isósceles y el semiequilátero
(que resulta de dividir por la altura en dos partes iguales un triángulo
equilátero). En la hipotenusa de cada uno de estos dos triángulos
se encuentra uno de los dos números irracionales que conocía
Platón: raíz de dos y raíz de tres, lo que confiere
connotaciones irracionales a la materia en su estructura original.
Antropología
Platón,
en consonancia con su dualismo metafísico, elabora igualmente un dualismo antropológico y concibe también
al ser humano compuesto de un cuerpo, material,
corruptible, perteneciente al mundo sensible y un alma,
inmaterial e inmortal, que pertenece al mundo de las ideas. Puesto que
la materia por sí misma es inerte, es al alma a quien corresponde
dar vida a la porción de materia que constituye nuestro cuerpo.
El
alma es una y simple pero cumple con respecto al cuerpo varias funciones.
Platón analiza estas funciones del alma distinguiendo tres aspectos,
lo que da lugar a una división tripartita de las funciones del
alma:
Una
de ellas es propiamente la función vital. El alma proporciona la
vida al cuerpo, lo que incluye, de un lado, la fuerza o energía
espontánea que caracteriza la vida, su capacidad de automovimiento
y de otro la posibilidad de entrar en contacto con la materia por medio
de los sentidos, de tener sensaciones y, por tanto, inclinaciones sensibles
de atracción o de rechazo hacia las mismas, es decir: el apetito.
En ninguno de estos dos aspectos interviene la razón; son, por
tanto, ambos irracionales. Platón les denomina, respectivamente,
la función vehemente o irascible
a la primera y concupiscible a la segunda.
Pero
el ser humano posee también la capacidad de conocer por medio de
la razón, lo que implica la función racional
del alma que proporciona la capacidad de pensar y de alcanzar el conocimiento
inteligible.
El
alma, al ser inmaterial, pertenece al Mundo de las Ideas en el que se
encuentra como su lugar natural. Si se une a un cuerpo es debido a un
pecado o culpa por la que es castigada a
descender al mundo sensible y encarnarse; a partir de entonces la máxima
aspiración del alma consiste en desprenderse del cuerpo y regresar
al Mundo de las Ideas donde recuperará la existencia feliz liberada
de las ataduras de los apetitos y de las pasiones y dedicada a la contemplación
de la perfección absoluta que representan las Ideas. Es en este
desprendimiento de lo material y corporal en lo que consiste la purificación
que, como se comprende, no puede realizarse de manera completa en esta
vida mundana, aunque se produce como consecuencia de ella. En efecto,
aquel que en esta vida se dedica a dar satisfacción a sus apetitos,
dado que éstos únicamente pueden satisfacerse a través
del cuerpo, creará una dependencia del cuerpo que, a la muerte
de éste, le hará reencarnarse en otro cuerpo, iniciándose
así el ciclo de las transmigraciones;
si, por el contrario, se prescinde de lo concupiscible recogiéndose
el alma en sí misma buscando captar las esencias inmutables de
las cosas, a la muerte del cuerpo, el alma podrá regresar al lugar
al que pertenece y desprendiéndose definitivamente de su dependencia
de lo corporal y sensible, liberarse de las transmigraciones y alcanzar
de nuevo el paraíso perdido.
Como
es habitual, Platón recurre también al mito para tratar
de representar su concepción del alma y simbolizar el sentido de
la misma. En este caso relata el mito del auriga
o mito del carro alado.
La
relación que establece Platón entre el alma y el cuerpo
es, como se deduce de lo visto, una relación
accidental, pues ambos pertenecen a mundos distintos y se unen
únicamente durante un tiempo debido a una circunstancia contingente.
Platón compara esta relación a la que mantienen el piloto
y su nave, aunque añade el contenido moral que presenta al cuerpo
como cárcel del alma. La encarnación es un castigo para el alma, que se encuentra en el cuerpo como un preso en una cárcel
de la que ansía huir. De ahí, de nuevo, el sentido trascendente que impregna todo el sistema platónico.
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