Pediume Arantxa que colgase no blog os apuntes de Ética para preparación do exercicio escrito. Velaquí os tendes:
1. ¿Qué es la Filosofía Moral?
La ética como disciplina filosófica se encarga de estudiar aquellas ideas de carácter moral que tienen una base filosófica. Es decir, la ética, en vez de dar simplemente por supuestas estas ideas, las examina en sus fundamentos, son filosóficamente justificadas.
Decíamos, en las líneas anteriores, que la ética se encarga de estudiar aquellas ideas de carácter moral (de ahí que también sea denominada “Filosofía moral”). Para entender esto, necesitamos ver a qué nos referimos cuando hablamos de moral:
Moral, de la palabra latina “mores”, que significa costumbre, es el hábito o modo habitual de obrar según una serie de preceptos o normas de actuación sobre la base de lo que se considera bueno. Por ello, las “ideas de carácter moral” son las ideas que están a la base de esas “normas de actuación”. Un ejemplo de idea de carácter moral sería “robar es algo malo”.
EJEMPLO: ROBAR ES ALGO MALO à MORAL / JUSTIFICACIÓN à ÉTICA (si consideramos que lo bueno es que todos seamos lo más felices posible, y tú le robas algo a otro que le hace feliz, robar es malo porque estás causando infelicidad).
El ámbito de estudio de la ética como Filosofía moral se reduce, pues, a una concepción del ser humano como animal capaz de discernir sus actos como buenos o malos, es decir, como animal con consciencia de sus actos.
Así, haciendo síntesis entre Aristóteles, quien determinó que el ser humano es un animal racional, y Waddington, que bautizó al ser humano como el animal moral, podemos considerar que el ser humano es racional en cuanto que moral y moral en cuanto que es racional, pues por ambas condiciones, puede darse normas de vida. Además, como decíamos anteriormente, la ética tiene como objeto los actos que el ser humano realiza de modo consciente y libre, es decir, aquellos actos sobre los que ejerce de algún modo un control racional. No se limita sólo a ver cómo se realizan esos actos, sino que busca emitir juicios sobre ellos.
La ética como disciplina se alimenta, sobre todo, de la política, del derecho, y de las normas sociales vigentes, por lo que está relacionada de forma directa con muchos factores que afectan al ser humano diariamente.
En definitiva, la ética es la disciplina filosófica que se encarga de estudiar las ideas de carácter moral, es decir, aquellas ideas que están a la base de nuestros actos morales, aquellos actos de los que se puede decir si son buenos o malos (según un criterio compartido socialmente).
1.2. Ética descriptiva, ética normativa y ética aplicada
1.2.1. Ética descriptiva
La ética descriptiva comienza con el reconocimiento del mundo de los valores y normas en todas las esferas de la vida humana; los valores propios de cada cultura, grupo o clase. Es producto de una investigación empírica de las normas y los valores existentes. Ahora bien, la ética descriptiva se limita a recoger estos datos sin preguntarse por su validez, únicamente describe los sistemas morales que hay y estudia cuáles son los principios sobre los que se asientan. El objeto no es evaluar estos sistemas sino describirlos.
Es, por ejemplo, lo que hace un etnólogo (etnología: ciencia que estudia las causas y razones de las costumbres y tradiciones de los pueblos).
1.2.2 Ética normativa
La ética normativa parte de un análisis crítico de las normas y valores existentes. Pretende prescribir o recomendar ciertos valores y normas como preferibles o deseables frente a otros. No trata de identificar qué sistemas de normas hay, como la ética descriptiva, sino establecer ciertos sistemas de normas y principios justificando su validez. Es característico de la ética normativa tratar de fijar principios generales.
Un ejemplo de ética normativa sería el utilitarismo. Los utilitaristas establecen, como principio general, que debemos actuar de forma que nuestros actos produzcan el máximo bienestar para el máximo número de personas.
Supongamos que una persona con un arma de fuego entra en esta clase, coge a alguno de vosotros, le apunta en la sien con ella y le dice “elige: mueres tú o mato a toda la clase y quedas libre”. En este caso, según la ética utilitarista, la norma sería que este alumno se sacrifique por los demás.
1.2.3. Ética aplicada
La ética aplicada puede hacerse efectiva tras la consolidación de las teorías éticas, presentadas a revisión, análisis y crítica, pues su finalidad es exponer las normas en contextos prácticos, tomando así –las normas- mayor fuerza en su aplicación política, médica, biológica, etc.; en definitiva, en su aplicación social.
En la ética aplicada hay, a su vez, distintas ramas, como la bioética. La bioética se ocupa de todos los problemas éticos que tienen que ver con la vida animal (humana y no humana) en relación con algunas ciencias experimentales como la química, la biología y la medicina, con algunas ciencias humanas, como el derecho y la filosofía, así como con las religiones. En bioética se tratarían temas como el aborto, la eutanasia, la clonación, el especismo, los derechos de los animales, entre muchos otros, desde una dimensión ética, de justificación de los principios morales que rigen nuestra conducta e ideología en relación a estos temas.
1.3. Un problema ético: el relativismo.
El relativismo es una tesis ética según la cual no se puede decir de nada que es bueno o malo absolutamente. La bondad o maldad de algo, según esta tesis, depende de circunstancias, condiciones o momentos.
El relativismo moderado defiende que como los juicios acompañados de predicados del tipo “es bueno” o “es malo” se refieren a determinadas circunstancias, la especificación de estas circunstancias permite admitir juicios acompañados de los mencionados predicados, que serán admitidos, en consecuencia, restrictivamente. De este modo, aunque no se puede decir que p es –absolutamente- verdadero, cabe sostener que p es verdadero dentro de esas condiciones especificadas –entonces es verdadero absolutamente-.
2. La libertad: moral autónoma y moral heterónoma
2.1. Libertad
Podemos entender la libertad como una capacidad, como la capacidad que tenemos de elegir entre distintas posibilidades de actuar. Ahora bien, las posibilidades no son infinitas, sino que dependen de muchos factores contextuales (factores biológicos, técnicos, físicos, económicos, etc.). Por este motivo, podría decirse que ser libre consiste en decidir entre las opciones que tenemos, sabiendo que esta capacidad de decisión está determinada –y por lo tanto, restringida- por tales factores.
2.1.2. Moral heterónoma y moral autónoma
La libertad puede ser entendida entre nosotros desde dos puntos de vista: de modo pasivo y de modo activo.
Moral heterónoma
La libertad en sentido pasivo, por decirlo de algún modo, sería aquella por medio de la cual decidimos actuar de un modo determinado por imperativos que no están en nuestra propia voluntad. En este sentido, hablamos de moral heterónoma.
Es decir, una moral heterónoma es aquella en la que nuestros actos morales se rigen por principios que vienen determinados desde fuera.
La moral heterónoma es, pues, una aceptación irreflexiva de los principios y normas imperantes en la sociedad.
Moral autónoma
La libertad en sentido activo, por decirlo de algún modo, sería aquella por medio de la cual decidimos actuar de un modo determinado según los imperativos de nuestra propia voluntad. En este sentido, hablamos de moral autónoma.
Es decir, una moral autónoma es aquella en la que las normas o imperativos según los que actuamos, no vienen determinados desde el exterior del individuo sino que él se da a sí mismo la norma, se autolegisla. (Puede que el individuo acepte las normas vigentes, pero bajo una crítica previa o por respeto al deber, en sentido kantiano).
2.2. Jean Piaget y Lawrence Kohlberg
Una de las tareas más importantes de la ética es colaborar en el proceso de nuestro desarrollo moral, con la finalidad de que podamos ser individuos autónomos, libres y críticos, con capacidad para auto-legislarnos, para darnos normas de vida, es decir, para ser moralmente autónomos.
En este sentido podría decirse que la ética nos ayuda a transitar o pasar de la moral que nos imponen los agentes socializadores (familia, escuela, medios de comunicación, etc.) a una moralidad crítica, producto de una reflexión individual. Es decir, la ética nos ayuda a dar el salto de una moral heterónoma a una moral autónoma.
De acuerdo con Kohlberg (1927-1987), el objetivo del desarrollo moral o de la educación moral es capacitarnos para realizar un razonamiento moral filosóficamente válido y autónomo.
Pero Kohlberg no pretende darnos una receta de cómo deben ser los modos más adecuados de razonamiento moral sino que él estudió cómo son de hecho los razonamientos morales en distintas etapas del desarrollo moral, se limita a describirlos. Aunque es cierto que no podemos decir que sea una investigación desinteresada, pues la utilización de ciertos niveles de razonamiento moral lleva implícitamente, como veremos, una valoración subjetiva de lo que él consideraba un buen desarrollo moral o el nivel de razonamiento más propio de seres humanos debidamente desarrollados.
El estudio de Kohlberg sobre el desarrollo moral es, salvando las distancias, una continuación del trabajo de un psicólogo suízo llamado Piaget (1896-1980).
Piaget puso énfasis en la existencia de diversos estadios (estadio: etapa o fase de un proceso o desarrollo) naturales en el desarrollo moral de los individuos, que se corresponden con distintas etapas cognitivas (relativas al desarrollo del lenguaje, la memoria, la resolución de problemas –inteligencia-, etc.) y psicológicas, en evolución durante la vida de los individuos. En concreto, él estudio la moralidad desde el nacimiento hasta la adolescencia. (Este estudio recibe el nombre de “epistemología genética”).
A diferencia de Piaget, Kohlberg no restringe cada uno de los niveles de desarrollo a unas edades muy concretas, si bien es cierto que, tras su investigación empírica, determinó que el nivel preconvencional de razonamiento moral es en el que están los pre-adolescentes, en el nivel convencional se situarían los adolescentes y la mayoría de los adultos, y al nivel posconvencional llegan pocos adultos. Siendo así, Kohlberg piensa que el juicio de un adulto perfectamente puede no haber evolucionado hacia los estadios superiores.
La autonomía moral, que pertenece al último nivel, el posconvencional, debe ser entendida pues, como una posibilidad, no como un hecho dado. La autonomía es una conquista.
Por otra parte, Piaget estaba interesado en el comportamiento moral, mientras que Kohlberg intenta rescatar la base o el fundamento de tal comportamiento, estudiando los diversos tipos de razonamiento moral que, se supone, están a la base de la decisión y, por lo tanto, de la acción.
2.2.1. Teoría del desarrollo moral de Kohlberg: de la heteronomía a la autonomía
Kohlberg distingue cuatro estadios en el proceso evolutivo en el que, según él, estamos. Como hemos comentado, estos estadios van de menor a mayor autonomía moral, según el tipo de juicio que se realiza en cada uno de ellos:
NIVEL A: PRECONVENCIONAL
Estadio 1: del castigo y la obediencia.
Lo correcto es la obediencia a las reglas y a la autoridad para evitar el castigo y el daño físico. Es una etapa egocéntrica, en la que nos comportamos según las reglas para evitar consecuencias negativas.
Estadio 2: de los fines individuales instrumentales y el intercambio.
Lo correcto es atender a las necesidades propias y dejar que los demás hagan lo mismo, llegando a acuerdos en términos de intercambio, que las partes consideren justos. Es una etapa individualista.
En este nivel preconvencional, se considera correcto todo aquello que contribuye a la consecución de los intereses del individuo, de tal modo que éste identifica lo correcto con lo que le conviene en cada momento. Y, dado que en este nivel se actúa fundamentalmente en función de los beneficios o la ausencia de castigo, se trata de una moral heterónoma, pues el fundamento del razonamiento moral no es producto de una convicción personal, sino que viene dado de fuera.
NIVEL B: CONVENCIONAL
Estadio 3: de las expectativas, las relaciones interpersonales y la conformidad.
Lo correcto es desempeñar un buen papel, ser un “buen chico” o ua “buena chica”, ocupándose de los demás y de sus sentimientos, comportándose de acuerdo con las reglas y las expectativas. En este estadio el individuo tiene en cuenta que está relacionado con otros individuos.
Estadio 4: de los sistemas sociales y mantenimiento de la conciencia.
Lo correcto es cumplir con los propios deberes para con la sociedad, respetando el orden social y procurando el bienestar de la sociedad o del grupo. En este estadio el individuo cumple la norma porque cree que este cumplimiento mantiene el orden social.
En este nivel convencional se valora como correcto lo que se derive de las leyes y normas propias de la comunidad a la el individuo pertenece. Estas leyes y normas no son cuestionadas, sino simplemente acatadas. El interés del grupo o de la sociedad se considera superior a los intereses egoístas. En definitiva, en este nivel lo correcto es lo normal, lo que sirve de norma, y, por lo tanto, en este estadio la norma determina la decisión desde fuera: moral heterónoma.
NIVEL C: POSCONVENCIONAL O DE PRINCIPIOS
Estadio 5: de los derechos prioritarios y el contrato social o la utilidad.
Lo correcto es respetar los derechos y valores básicos y los contratos legales de una sociedad, aun cuando chocan o entran en desacuerdo con las normas concretas del grupo. En este estadio el individuo es consciente de los valores y los derechos previos a los vínculos sociales. Además, se valora la voluntad de la mayoría y el bienestar de la sociedad, estos dos aspectos rigen el comportamiento del individuo.
La acción recta es la que se ajusta a los derechos generales de los individuos, consensuados por la sociedad. En este estadio el individuo puede cambiar sus principios en función de consideraciones racionales de utilidad social e incluso rebelarse contra las normas –ir en contra de ellas- cuando éstas no respetan la voluntad general o los derechos básicos de los individuos.
Estadio 6: de los principios éticos universales.
En este estadio se reconocen los principios éticos universales que se deben respetar. En este estadio, el individuo reconoce la naturaleza de la moralidad y la premisa moral básica del respeto a los demás (que han de ser tratados como fines, no como medios).
Lo justo se define por una decisión de la conciencia de acuerdo con principios éticos que ella misma ha elegido y que pretenden tener un carácter de amplitud, universalidad. Pero son unos principios abstractos, no concretos. (Ejemplo: imperativo categórico à “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal.” )
En el estadio posconvencional llegamos, pues, al plano de comportamiento moral autónomo. En este estadio el individuo distingue nítidamente, con claridad, las normas de la sociedad o del grupo al que pertenece y su legitimidad. En este estadio las personas se sienten miembros de la comunidad de seres humanos, por eso no pueden aceptar comportamientos que no sean universalizables.
3. Éticas teleológicas y éticas deontológicas
Como ya hemos comentado, no podemos decir que los resultados que obtiene Kohlberg sean completamente desinteresados, pues la utilización de ciertos niveles de razonamiento moral lleva, implícitamente, una valoración subjetiva de lo que él consideraba un buen desarrollo moral o, en el caso del máximo nivel, el nivel de razonamiento más propio de seres humanos debidamente desarrollados moralmente.
Hay muchos modelos de ética normativa (la ética aristotélica, la ética humeana, la ética kantiana, la ética milliana, etc.) y diversos modos de encajar las distintas teorías en patrones formales acordes con ellas. En este sentido, podemos hablar de éticas teleológicas o materiales y de éticas deontológicas o formales.
El nivel POSCONVENCIONAL de Kohlberg, hace referencia a dos modelos éticos: la ética teleológica utilitarista, que se corresponde con el quinto estadio, y la ética deontológica kantiana, que se corresponde con el sexto estadio. Es decir, Kohlberg considera que el estadio más elevado al que podemos llegar se corresponde, aproximadamente, con el modelo ético kantiano.
A continuación, vamos a ver las características básicas de una ética teleológica y de una ética deontológica.
3.1. Éticas teleológicas
Las éticas materiales, de los bienes o teleológicas, se asientan en el principio empírico de la observación y, por lo tanto, se basan en principios a posteriori. Los principios a posteriori son aquellos que dependen de la experiencia, aquellos juicios que se establecen de acuerdo con la observación empírica de los diversos fenómenos. Tienen, pues, una validez particular y contingente, no necesaria.
También es importante mencionar que remiten a una serie de contenidos concretos o bienes que el sujeto ha de tener en cuenta para alcanzar la consecución de un fin concreto, bien sea éste la felicidad, el placer, la virtud, la educación, etc.
Es una ética basada en una voluntad heterónoma. En este sentido, la acción es buena en relación al fin. Es decir, los mandamientos o imperativos ético-materiales, son hipotéticos o condicionales, es decir, están condicionados por los fines que se pretenden alcanzar.
En definitiva este tipo de ética se rige por la formulación: Si A entonces debes B.
En concreto, la ética teleológica utilitarista a la que Kohlberg hace referencia en el estadio 5, nivel posconvencional, acepta como fundamento de la moral la utilidad, dirigida a conseguir el máximo bienestar para el mayor número. Ahora bien, el bien o el bienestar para los utilitaristas es la felicidad y la felicidad se entiende como placer o ausencia de dolor (la infelicidad es entendida como dolor o ausencia de placer). Así pues, “el mayor bien para el mayor número” es el principio hedonista (hedonismo: doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida) que sigue el utilitarismo. Así, las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover felicidad e incorrectas en cuanto tienden a producir infelicidad.
Así, el fin que persigue la ética teleológica utilitarista, es el placer y la exención de dolor. Para los utilitaristas son las únicas cosas deseables como fines porque, según ellos, todas las cosas deseables lo son bien por el placer que conllevan o como medios para la promoción del placer y para evitar el dolor.
Ahora bien, la empatía es una pieza clave del utilitarismo. La empatía es la capacidad natural que tenemos para ponernos en el lugar del otro y sentir en cierta medida lo que siente cuando está sufriendo y lo que siente cuando está disfrutando. De este modo, gracias a la empatía, podemos saber aproximadamente con qué cosas sufren los demás y con qué cosas disfrutan, y así podremos determinar el contenido del placer y del dolor. Así podemos entender que este modelo ético particular se base en juicios o principios a posteriori, pues determino el contenido del placer y el dolor en base a la observación empírica que me permite la empatía.
John Stuart Mill, filósofo, político y economista inglés (1806-1873) es el máximo representante del utilitarismo, si bien es cierto que las ideas que dan forma a este modelo fueron propuestas por su antecesor Jeremy Bentham (1748-1832), abogado y filósofo inglés.
3.2. Éticas deontológicas (Ver libro de texto, es posible que aclare algunas dudas pp. 201-203).
En contraposición con la ética material o teleológica, único modelo de ética normativa presente en el panorama histórico de la filosofía hasta la Ilustración alemana (s. XVIII), nos encontramos con las éticas formales o deontológicas, que presentan una ruptura con el paradigma ético tradicional. Esta escisión se debe al filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), que presentó su propuesta ética fundamentalmente en tres obras: Crítica de la razón práctica, Fundamentación para una metafísica de las costumbres y Metafísica de las costumbres.
Como hemos visto, las éticas materiales, al ser teleológicas, buscan cuál es el objeto de la vida práctica, es decir, cuál es el fin al que tiende o ha de tender el Hombre y cuál o cuáles son los medios que éste debe emplear para alcanzar el fin propuesto. Como decíamos con anterioridad, es una ética que remite a imperativos hipotéticos, que demandan que el sujeto obre de cierto modo para conseguir lo que desea (recordemos: si quieres A à debes hacer B).
Sin embargo, en la ética kantiana, deontológica, los mandamientos de la razón no están condicionados, no remiten a ningún tipo de fin, de modo que la acción se realiza por sí misma y es un bien en sí mismo, es decir, tiene un valor puramente intrínseco. La fórmula sería simplemente: “debes hacer B”.
El carácter formal de esta ética se hace explícito en la consideración kantiana del obrar por deber, según la cual se rechaza cualquier tipo de inclinación mediadora entre la conciencia del sujeto y la acción. Es decir, por encima de la consecución de la felicidad, que es entendida por Kant como la satisfacción de los deseos e inclinaciones propios, está el sentimiento de respeto al deber. Por tanto, nuestro autor rechaza cualquier elemento empírico que pueda interferir en el actuar de las personas. En este sentido, Kant nos presenta una ética pura, basada en principios a priori, en principios independientes de la experiencia, previos a ella.
En conclusión, la ética kantiana no es una guía para la vida, no expone preceptos o normas de conducta que se han de seguir para alcanzar un fin como ocurría en las éticas materiales, sino que busca o se interroga por el principio moral práctico según el cual el hombre debe obrar siempre, es decir, se pregunta por la ley moral, que no es otra cosa que el imperativo categórico, donde vemos el carácter de universalidad propio de esta ética.
La ética debe ser universal y, por tanto, vacía de contenido empírico (de bienes concretos que han de dirigir nuestra conducta, como la felicidad, la virtud, etc.), pues de la experiencia no se pueden extraer deberes universales, sino solo planteamientos condicionados por la experiencia.
El imperativo categórico, ley moral, fue formulado por Kant de diversos modos. Aquí rescataremos dos, por ser las formulaciones más representativas de este modelo ético:
Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal.
Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.
La determinación por el imperativo categórico es precisamente aquella en que la voluntad no se deja determinar por ningún contenido, por ningún fin o bien. Es decir, la determinación de la conducta no se produce según fines, la acción es independiente de los resultados y de las inclinaciones personales.
Debemos obrar, según Kant, por respeto a la ley moral, al imperativo categórico, es decir, obrar de forma que mi máxima pudiese ser asumida por todas las personas, teniendo en cuenta el respeto a la dignidad del otro, es decir, teniendo en cuenta que debemos tratar a las personas como fines y no como medios.
4. Ética y religión (vimos algo de este tema en la última clase, a partir del capítulo 3×07 de la serie Community, debéis estudiarlo también).
Históricamente la religión, en particular la procedente de la tradición judeo-cristiana (Occidente) ha tenido una participación activa en la determinación de los códigos morales, de los “mores” o pautas de conducta. Tanto es así, que hay quienes consideran que si no existe Dios, no hay autoridad alguna en cuestiones morales y si no existe autoridad en cuestiones morales, no existe razón para actuar justa o injustamente. Bajo esta perspectiva, el individuo, como agente moral, está completamente alienado, enajenado (alienado, enajenado: que pasa o transmite a alguien el dominio de algo o algún otro derecho sobre ello) a una figura superior trascendente (trascendente: que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible), Dios. Hay dos formas de instalarse en esta posición:
1. Hay quien se guía por la moral cristiana siendo plenamente consciente de que su juicio moral bebe de ella. Dentro de esta postura pueden incluirse:
a) Los cristianos, creyentes en un ser superior que ha creado el mundo y creyentes en un mundo ideal, el “reino de Dios”, al que nuestras almas van a parar al término de nuestra vida en la Tierra. Los cristianos tienen conciencia del pecado y la virtud, siendo el pecado la transgresión de unas normas establecidas y la virtud el cumplimiento incondicional de tales normas. Tienen la necesidad de cumplir con las normas o, en caso de transgredirlas, de expiar (expiar: borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio) sus pecados a través de la confesión y la penitencia (penitencia: pena que impone el confesor al penitente) para resguardar su alma, pues así, una vez que esta abandone el cuerpo, podrá ascender al “reino de los cielos” y no descender al “infierno”.
b) Todas aquellas personas que, sin ser cristianas necesariamente, son plenamente conscientes de que están inevitablemente vinculadas a esta moral, pues ésta está a la base de nuestra tradición cultural, constituyendo completamente nuestra concepción del bien y del mal y todos sus conceptos correlativos (correlación: correspondencia o relación recíproca entre dos o más cosas o series de cosas): bueno y malo, bondad y maldad, moral e inmoral, justo e injusto, etc.
2. Hay quien no es consciente de que su “código moral” es netamente cristiano. Estas personas simplemente se guían por las pautas de comportamiento socialmente aceptadas que, como hemos dicho, coinciden, por tradición cultural, con las que propugna o defiende el cristianismo.
Conscientes o no, todos tenemos a la base de nuestro comportamiento moral una clara influencia de la moral cristiana. El papel de la Iglesia en medio de este contexto es precisamente mediar entre el creyente y el ser supremo, perdonando o castigando en su nombre a los feligreses (feligrés: persona que pertenece a determinada parroquia) y dándoles fuerzas para continuar por el camino de la rectitud, de la recta razón o conocimiento práctico de lo que debemos hacer sobre la base de la moralidad que ellos defienden.
Y, aunque la relación entre ética y religión no es en absoluto necesaria porque tocan ámbitos que son en origen diferentes, y ambas pueden subsistir sin la otra, la moral cristiana es en la que nuestra tradición cultural se ha instalado y, por ello, no debemos, desde el campo de la ética, darle la espalda sino tenerla en cuenta.
4.1. El nihilismo nietzscheano, introducción.
En esta línea, vamos a hablar de una de las críticas más radicales a la moral cristiana, la crítica del filólogo, poeta, músico y filósofo alemán, Friedrich Nietzsche (1844-1900), uno de los autores más afamados del siglo XIX y de la historia de la filosofía. Podemos resumir toda esta crítica en un único concepto: nihilismo.
“¿Qué significa el nihilismo? Que los valores supremos pierden validez”.
Para entender bien qué significa el nihilismo, no podemos valernos únicamente de la cita anterior, si bien es cierto que partimos de ella porque resulta especialmente clarificadora, como veremos.
En los años previos a la locura que padeció a partir de 1890 (una fase de la sífilis), Nietzsche redactó los bocetos de la que consideraba que iba a ser su obra más acabada, La voluntad de poder. Tras su muerte, estos bocetos fueron recopilados por su hermana y posiblemente manipulados por ella, como se sospecha, con la finalidad de reforzar la ideología antisemita (antisemita: rechazo o desprecio hacia la comunidad hebrea, hacia su cultura y su influencia) del nacionalsocialismo alemán, intentando legitimar la violencia política que tal ideología arrastra consigo.
Sus escritos anteriores eran esencialmente críticos; por este mismo motivo, él mismo los denominó en su conjunto “filosofía a martillazos”. Con esta filosofía escrita a golpe de martillo, Nietzsche intentó derrumbar los esquemas dominantes de nuestra cultura, unos esquemas cuya base está en el platonismo (platonismo: doctrina filosófica de Platón, autor griego del s. V a.C.).
La concepción metafísica de Platón, de corte idealista (idealismo: condición de los sistemas filosóficos que consideran la idea como principio del ser y del conocer), sostiene que la unidad del mundo es el resultado de la relación entre sus compuestos: la realidad suprasensible (suprasensible: que está fuera del alcance de los sentidos, que no es accesible a ellos) o inteligible (inteligible: que es materia de puro conocimiento, sin intervención de los sentidos) y la realidad sensible. A estas dos realidades les llamaremos “mundo inteligible o de las Formas” (Formas = Ideas) y “mundo sensible”, respectivamente.
En el mundo inteligible habitan las Ideas y todo cuanto existe en el mundo sensible es una mera (mera: insignificante, sin importancia) copia del mundo de las Ideas. Es decir, para Platón, todo lo que existe empírica o sensiblemente, tiene una existencia ontológicamente anterior en el mundo de las Ideas, de tal modo que cualquier objeto del mundo en el que vivimos es una copia de su Idea o Forma, una copia que encarna –sensiblemente- la Idea.
El mundo de las Ideas es la realidad verdadera porque es el fundamento de la realidad sensible, es inmutable (inmutable: que no puede ni se puede cambiar) frente a aquella, que está sometida al cambio. Nótese que para Platón la inmutabilidad de las Ideas, precisamente por no tener la posibilidad de corromperse (corromper: alterar y trastrocar la forma de algo), es superior al estado cambiante de las cosas materiales. ¿Por qué superior? Porque al ser los sentidos los canales que nos permiten conocer la realidad sensible, nos llevan al engaño y al error, porque nos acercan una realidad que no es la verdadera, sino una copia de ella.
Para Platón la realidad inteligible se funda sobre las Ideas de Bien, Verdad y Belleza siendo, las Ideas de Bien y Verdad, equiparables o equivalentes.
Con la contraposición de dos realidades diferenciadas, el platonismo abre la veda para que el filósofo medieval cristiano Agustín de Hipona utilizara esta doble dimensión de lo real para determinar, en su propia concepción filosófico-teológica la existencia de un dualismo similar encarnado en dos figuras, “el Estado de Dios” (equivalente al mundo de las Ideas platónico) y el “Estado de este mundo” (equivalente al mundo sensible). En esta concepción se identifica, more platónico, el Estado de Dios con la verdad, el bien y la salvación y el Estado de este mundo con la corrupción y el mal.
Por otra parte, el platonismo permite que se abra una larga tradición de concepciones filosóficas que degradan los sentidos, el cuerpo, poniendo como núcleo de nuestra existencia una realidad superior, el intelecto, la razón, el conocimiento, en múltiples formas.
El cristianismo identifica a Dios, ser inmutable, con el bien y la verdad y al mundo de las cosas materiales con el mal y la corrupción, con la idea de salvación de por medio.
En la Edad Media, que duró aproximadamente diez siglos, la religión cristiana se asentó y se oficializó radicalmente en Europa, de tal manera que la “palabra de Dios”, recogida en la Biblia, había de ser cumplida. Diez siglos de encarnizado cristianismo es mucho tiempo, por lo que es comprensible que el poso, las sombras de este tiempo, aún estén sobre nosotros y que los preceptos del cristianismo, “la palabra de Dios”, constituya, en nuestros días, la base de nuestra cultura y nuestro comportamiento moral.
Pues bien, Nietzsche quiere derrumbar toda esta construcción de sentido de lo real. Él piensa que ésta es un montaje en pro de los intereses de una clase social que quiere aplacar el ser más íntimo de los humanos, el ser animal; una clase social que quiere dominar a la humanidad a través de la moral.
Originariamente, cuando dominaba la moral aristocrática se consideraba bueno al noble, al fuerte, al poderoso, al rico (moral de señores) y lo malo era lo opuesto. Pero hubo una rebelión de los esclavos de esta moral. Esta rebelión, que fue llevada a cabo por los judíos y continuada por los cristianos, consistió en la inversión de los valores de “bueno y “malo”; ahora los buenos son los débiles, los impotentes, los obedientes (moral de esclavos).
El elemento que sostiene esta moral cristiana es Dios trascendente, alejado del mundo sensible, que abrazará y acogerá en su reino a quienes sigan las pautas del cristianismo y condenará a quien no las siga, a quien afirme su voluntad por encima de estos preceptos. Por este motivo, la moral cristiana es una moral de esclavos, porque estamos atados a ella por la salvación.
Como vemos, el fundamento de la moral cristiana es el mundo suprasensible, el Estado de Dios.
Ahora bien, Nietzsche considera que Dios y todo cuanto va ligado a él es producto de una creación nuestra. Piensa que la verdad como tal no existe, sino que es consecuencia de “(…) una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son (…)” .
Así, la humanidad ha creado la ilusión divina, pero con el paso del tiempo nos hemos olvidado de ello y a causa de este olvido la mentira se ha truncado en verdad firme. ¿Qué pasará cuándo descubramos esto? Que Dios habrá muerto.
“Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? (…) “¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?” .
¿Y qué pasará cuando matemos a Dios?
Con la muerte de Dios, todo el constructo de los valores suprasensibles, de las normas y de los fines que habían dirigido la conducta humana, también habrán muerto. “La moral era el gran antídoto contra el nihilismo (…)” y por ello, cuando se derrumba el pilar que sustenta la moral, el hombre ve llegar el nihilismo: toda la construcción que daba sentido a su mundo, se pierde y cae en el nihil, en la nada. De modo que la idea de otro mundo en el que los valores supremos son el Bien, la Justicia y la Verdad, se descubre como un ideal vacío que ha sido creado por las necesidades psicológicas de la humanidad.
Con el golpe de martillo que elimina el mundo verdadero, Nietzsche también derrumba la idea de Verdad que ya es asumida por él desde un principio como una ilusión, como mentira:
El mundo suprasensible del idealismo clásico es el “mundo verdadero” y, por tanto, el contenedor de la Verdad; lo mismo ocurre con el “Estado de Dios” agustiniano. Es decir, la verdad se fundamenta, tradicionalmente, en un mundo metafísico. Pero debemos tener en cuenta que ese mundo aparte es negado por la muerte de Dios, así como todo lo contenido en él y en consecuencia, la muerte de Dios nos conduce, asimismo, a la negación de la verdad: “no hay ninguna verdad, no hay ninguna cualidad absoluta de las cosas, ninguna <>. Esto es nihilismo” .
Así, la vida queda flotando sobre sí misma en un vacío no solo moral sino también gnoseológico, pues todo aquello que creíamos conocer, nuestras verdades y creencias y, en definitiva, nuestro mundo, se ha derrumbado.
En este contexto, podemos decir que una de las novedades características de su posición ante la filosofía tradicional fue el convencimiento de que no existe la verdad, la verdad es una etiqueta que recoge todas las cargas de nuestra cultura y que se impone a los sujetos para pensar de un determinado modo; no existe la verdad de tal o cual cosa sino que solo nos encontramos con diferentes perspectivas o interpretaciones en relación a lo que son las cosas y la cultura en general; desde este punto de vista, cada uno de nosotros ha de tener por bueno aquello que considera beneficioso para él, sin tener que someterse a unos criterios objetivos que se presentan como verdades, como ocurre en la moral cristiana. Los valores han de surgir de la autonomía individual.
El nihilismo es, para Nietzsche, la consecuencia necesaria del cristianismo, la de la moral y del concepto de verdad de la filosofía; es consecuencia de todo ello precisamente porque estos tres factores son los que han determinado que el estado anterior al nihilismo fuese el de decadencia y el de la alienación de los hombres en pro de unos ideales ficticios, falsos e inalcanzables. En definitiva, “¿qué significa el nihilismo? Que los valores supremos pierden validez”.
El pensamiento de Nietzsche supone, pues, una ruptura total frente a toda la imaginería de nuestra tradición, fundamentalmente desde Platón. Para nuestro autor solo hay un mundo que es el colector de todo aquello que podemos ver, tocar, oír, gustar; de todo aquello que podemos sentir, es el mundo del cuerpo, de los sentidos, del instinto, en definitiva, es el mundo de la vida y el mundo de la subjetividad.